Ausencia

Ausencia 

El teléfono calla
con la terquedad de una tumba.
Tus horas, antes domesticadas
en mis palmas abiertas,
hoy merodean
por calles sin mi sombra.

Me invento tu regreso
con las migajas del reloj:
la taza olvidada en el mueble,
la almohada que aún guarda
tu hueco—ese vacío
que crece
como hierba entre el cemento.

Hay un jarrón de flores
marchitas en la mesa.
Las riego cada día,
esperando que el agua
aprenda a ser memoria,
que las raíces secas
recuerden la tierra
de tus manos.

He empezado a nombrar el silencio.
Le pongo apellidos,
le sirvo café,
le pregunto por ti
en voz baja,
como quien reza
a un dios sordo.

La noche se desgrana
en granos de insomnio.
El alba llega con su pan duro
y yo parto migajas
para los pájaros,
esos cantantes gratuitos
que no conocen
la moneda del adiós.

A veces creo verte
doblar la esquina del tiempo—
es sólo el viento
jugando con las hojas,
el polvo bailando
su danza de abandonos.

El amor no se fue:
se hizo casa en mi ausencia.
Puso sus muebles pesados
en cada cuarto vacío,
colgó sus cuadros grises
en las paredes del pecho.

Y yo aquí,
tocando campanas
con dedos de niebla,
llamando a un puerto
donde los barcos
aprendieron a navegar
sin amarres.

La desesperación
tiene su propia geografía:
mapas donde tu nombre
es el único río,
y yo,
sedienta a orillas,
bebo sal.

Rosibel Artavia 

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