Cuando me querías

Cuando me querías

Cuando me querías,
el tiempo no era ese ladrón de cartera vacía,
sino un artefacto quieto en el centro de la habitación,
un cronómetro cuyo tictac
era el rumor de tu saliva contra mi mejilla.

Cuando me querías,
los espejos repetían un pacto secreto:
yo entraba en ellos de tu mano
y salíamos del otro lado
con el pelo mojado de una luz antigua,
intactos.

Cuando me querías,
los objetos conspiraban a nuestro favor.
El teléfono era un animal dormido en su cueva.
La ventana, un cuadro que cambiaba de paisaje
según la inclinación de nuestros hombros al abrazarnos.
El despertador olvidaba su oficio,
y el mediodía se extendía como un gato perezoso
sobre las baldosas de la cocina.

Ahora lo sé:
querer era entonces pura física fantástica,
una alteración de las leyes.
Tu boca era un evento improbable
y sin embargo necesario,
como un salto lateral en el tejido del aire,
como un atajo entre dos sueños.

Cuando me querías,
no existía el afuera.
O mejor: el afuera era un decorado amable,
una cortina de humo y murmullos
que nos dejaba en el centro exacto,
en ese territorio sin mapas
donde tu nombre y mi nombre
eran dos sílabas de una misma palabra
recién inventada.

Cuando me querías,
el mundo era un juego de cajas chinas
y nosotros la más pequeña,
la que no se puede abrir,
la que guarda solo su propio vacío resonante,
tan parecido a la felicidad.

Ahora el tiempo ha vuelto a su rutina de perro faldero.
Los espejos devuelven solo a uno.
Pero a veces,
al girar una esquina o al colgar la chaqueta,
siento ese desvío en la realidad,
ese pliegue donde quizás aún estás,
queriéndome.

Rosibel Artavia 

Comentarios

Entradas populares