Dejar atrás

Dejar atrás

Se van las cosas, uno lo acepta,
el jarrón que tenía una grieta,
el paso lento de las nubes grises,
las cicatrices que ya no duelen.

Se van los días, uno lo comprende,
la lluvia antigua que ya no enciende,
la silla vacía en el comedor,
el viejo temor que fue pereza.

Pero tu risa, esa sí duele,
porque se aleja y no consuela,
porque se clava en la madrugada,
porque es pasada y no se borra.

Dejamos atrás calles y meses,
esquinas rotas, viejos intereses,
el amor que fue y no pudo ser,
la fe de ayer, el almanaque.

Pero tu nombre, ese no pasa,
porque habita en cada cosa rasa,
en el silencio de la escalera,
en la espera que no se acaba.

Dejar atrás es un oficio,
un aprendizaje del sacrificio,
soltar las manos que se entretejen,
mirar lejos y no decir nada.

Pero tu sombra, esa es tenaz,
no se resigna a ser solaz,
persiste en puertas entreabiertas,
en las certezas desiertas.

Uno se vuelve experto en pérdidas,
en despedidas sin cicatriz,
aprende a vivir con lo que queda,
con la moneda de la tristeza.

Pero tu mirada, esa es distinta,
no se desvanece, ni se pinta
de olvido, no, se queda fija,
clara y prolija en su reproche.

Dejar atrás… y sin embargo,
hay un amargo rezago,
un gusto a té en la taza fría,
una agonía que no declina.

Pero tu amor, ese no cede,
no se despide, no se enciende,
simplemente queda suspendido,
como un latido interrumpido.

Y uno aprende, sí, a dejar atrás
lo que no vuelve, lo que quizás
nunca fue nuestro del todo,
sólo un recodo en el camino.

Pero tu ausencia, esa es un hueco
que no se llena con ningún juego,
un espacio que queda intacto,
un viejo pacto con la derrota.

Dejar atrás… y sin embargo,
seguir pagando ese largo
plazo infinito de la memoria,
esa victoria de lo que duele.

Porque el amor que se ha ido
no es un olvido, es un latido
que late en lo que dejamos atrás,
y no se va.

Rosibel Artavia 

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