Donde habita la luz
Donde habita la luz
En los salones del alba, pálidos y perezosos,
donde el tiempo teje sueños de seda y de cristal,
allí construí un palacio de versos silenciosos
para guardar tu nombre, joya de luz sin igual.
No busques entre ruinas la esencia de mi canto,
ni en las sombras que arrastra el manto vespertino:
el amor verdadero es un arte tan santo
que sólo puede florecer en un jardín divino.
Dicen que el mundo está hecho de barro y de deseo,
de pulsos efímeros que la carne desata,
pero yo he descubierto el diamante más bello:
tu risa iluminando la alcoba más ingrata.
No temas a la noche ni a su séquito oscuro,
ni al invierno que escribe sus fríos en la piel:
el sitio donde habitas, radiante y seguro,
ha vuelto a inventar el azul del cielo fiel.
Y si algún día el hastío, ese gris cortesano,
quiere cubrir de luto las fuentes de tu andar,
recuerda que mi verso, soberbio y gitano,
sabrá por siempre dónde tu resplandor buscar.
Porque amarte no es mancha, ni culpa, ni pecado,
sino el supremo gesto que a la vida obligó
a crear un nuevo día, delicado y dorado,
allí donde tu sombra, cual lirio, se inclinó.
Rosibel Artavia


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