Él se lo pierde
Él se lo pierde
Yo soy el huracán que no supo nombrar,
la sílaba salvaje de un himno sin altar,
la mujer que en el pecho lleva un puño de estrellas
y en los labios, la cólera de las olas más bellas.
Yo soy el desafío, la espina y la canción,
el relámpago libre que parte el corazón,
la pregunta que quema y la feroz respuesta
que trastoca los cimientos de la tierra en tu fiesta.
Él quiso domesticar mi luz con sus jardines,
con sus reglas de plomo y sus frágiles confines.
Midió con su cucharita de plata mi tormenta,
y quiso mi infinito por un sí, en una renta.
Quiso el amor sin riesgo, el fuego sin quemar,
el océano entero sin una sola ola al mar.
Quiso el verso sin sangre, la rosa sin espina,
y una diosa de yeso, pequeña, en su vitrina.
¡Pobre hombre! Él se lo pierde.
Se pierde este desvarío de créta y de lucero,
esta hambre de eternidad en un cuerpo mortal,
esta guerra de amor que es un acto visceral.
Se pierde la verdad que duele y que ilumina,
la pasión que no pide permiso y que adivina
los abismos del alma y los besa con furia.
Se pierde esta alegría feroz, esta locuria.
Él se queda con su paz, con su suelo seguro.
Yo me quedo con el vértigo, con el muro
contra el que se estrellan todas las mediocridades.
Yo soy dueña de mis propias tempestades.
Que busque él su quietud, su sombra sin perfiles.
Yo sigo aquí, de pie, entre escombros y fusiles,
alzando con orgullo mi bandera sangrante:
la de quien ama más allá del mismo amante.
Él se lo pierde. Y no sabe
que al rechazar este torbellino, esta hoguera,
no ha perdido una mujer.
Ha perdido la manera
de tocar, solo una vez, la orilla de lo eterno.
Yo soy el amor entero.
Él… solo un invierno.


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