Enero
He intentado convencerme de que la ausencia es solo una pausa, una respiración larga del destino. Pero el corazón —ese funcionario desobediente— insiste en redactarte informes nocturnos: que aún te piensa, que te sueña sin permiso, que no entiende el calendario cuando no te nombra. A veces me río de mí misma (el amor también tiene humor, aunque sea torcido): ¿cómo puede alguien ocupar tanto espacio sin estar?
Empiezo el año con una disciplina nueva: no huir de lo que siento. Me siento frente al día, como frente a un escritorio, y dejo que la tinta haga su trabajo. Si vuelves, que sea con la naturalidad de quien regresa a casa. Si no, que al menos sepas que fuiste la luz encendida mientras aprendía a escribir en la penumbra.
No te reclamo nada. Te escribo porque el silencio también merece respuesta. Porque incluso sin saber de ti, el año me pide que te nombre. Y yo obedezco.
Con una esperanza discreta —la más valiente—,
Rosibel Artavia



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