Hijo



Hijo

Cuando lo vi por vez primera supe el significado del amor,
no como promesa,
sino como relámpago instalado en el pecho.
La vida, hasta entonces áspera,
aprendió a pronunciar mi nombre con suavidad.

Llegó con una ternura infinita,
un silencio tibio que ordenaba el caos,
y mis miedos, esos animales nocturnos,
se arrodillaron ante su respiración.

Él contenía la inocencia y la bondad
como el agua contiene al cielo reflejado:
sin saberlo, sin esfuerzo,
simplemente siendo.

Su noble corazón
latía como una verdad imposible de corromper,
un pequeño sol obstinado
en medio de la intemperie del mundo.

Yo, hecha de grietas y memoria,
aprendí a sostener la esperanza con manos temblorosas.
Porque en sus ojos
la vida dejó de ser herida
y se volvió causa, raíz, destino.

Y aun cuando el miedo regrese,
sé que el amor —ese que nació con él—
no me abandonará jamás.

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