Íntima tristeza
Íntima tristeza
Hay una tristeza que no se anuncia,
que no golpea la puerta ni alza la voz,
sino que se sienta —como tú lo hacías—
en el borde de la tarde,
cuando el té se enfría y la memoria comienza a hablar sola.
Es una tristeza amorosa,
no por lo que fue perdido,
sino por lo que sigue viviendo en mí
con una fidelidad más precisa que la esperanza.
Porque el amor, cuando ha sido verdadero,
no se retira: se vuelve interior,
como un pasillo largo donde cada paso
resuena con el eco de lo que fuimos.
Te pienso no como eras,
sino como te recuerdo,
y en esa distancia mínima
—más cruel que el olvido—
habita mi íntima tristeza:
la certeza de que el tiempo no borra,
solo transforma la dicha en contemplación.
A veces un gesto insignificante
—el olor de la ropa limpia,
la luz oblicua sobre una pared conocida—
me devuelve tu presencia con tal precisión
que el corazón se inclina,
no por dolor,
sino por gratitud melancólica.
Porque amarte fue aprender
que la felicidad también sabe despedirse.
No estás,
pero el amor persiste como una frase inconclusa
que mi alma relee sin corregir.
Y así vivo:
amando lo que ya no ocurre,
sosteniendo esta tristeza íntima
como se sostiene un secreto,
no para sufrir,
sino para no perder del todo
la forma que tuvo mi vida
cuando tu nombre la habitaba.
Autora: Rosibel Artavia



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