La Única Forma que Sé

La única forma que sé

La única forma que sé de querer
es dejar la puerta abierta,
sin cerraduras en el alma,
con la mesa siempre puesta
para cuando llegues hambriento
de silencio o de palabras.

La única forma que sé de amar
es regar la planta sin exigir flores,
es cuidar la semilla en la tierra oscura
sin preguntar por los frutos,
es dar el agua clara de mi manantial
sin medir la sed que sacia.

La única forma que sé de entregarme
es como el río que fluye hacia el mar
sin pedirle a la luna explicaciones
por las mareas que lo arrastran,
como el pan que se parte en la mesa
sin exigir gratitud a quien lo recibe.

Amo así: sencillo,
sin contratos escritos en el aire,
sin calcular distancias ni retornos.
Amo como se respira:
involuntario y necesario,
sin pedirle al oxígeno
que me devuelva el aliento.

Amo fuerte,
con raíces que atraviesan piedras,
con ramas que saludan a la tormenta
sin doblarse en el miedo.
Amo eterno,
no con la eternidad de los monumentos,
sino con la del musgo en la piedra húmeda,
que persiste sin hacer ruido.

Si alguna vez me preguntas
qué espero de este amor,
te diré que espero lo mismo
que el cielo espera del vuelo:
nada,
solo la certeza de ser espacio
donde algo hermoso sucede.

Porque la única forma que sé
es amar sin testigos,
entregar sin recibos,
querer sin condiciones.
Es el idioma antiguo del fuego
que calienta sin pedir
que le devuelvan el calor.

Y si un día te vas,
no borraré tu nombre de mi geografía.
Seguiré amando así,
porque esta es la única forma que sé:
libre, completa, desnuda,
como el trigal que se inclina ante el viento
y sigue siendo trigal cuando el viento pasa.

Rosibel Artavia 

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