La Fuga

La fuga

Hicimos del miedo una maleta
y del amor un mapa mal dibujado.
Éramos dos muchachos corriendo
con el corazón descalzo,
creyendo que el mundo terminaba
justo donde empezaba nuestro nombre juntos.

La noche nos abrió sus brazos,
el camino prometía silencio y pan,
un lugar donde nadie preguntara
de dónde veníamos
ni por qué temblábamos al besarnos.

Pero el destino, ese guardián sin rostro,
nos alcanzó antes del amanecer.
Manos ajenas rompieron la huida,
tu nombre fue arrancado del mío
y a mí me encerraron en los años,
en la espera,
en una soledad aprendida a golpes de calendario.

Crecí conversando con tu ausencia,
hice de ella una sombra educada.
El amor no murió:
se volvió hondo, callado,
como un río que aprende a no desbordarse.

Y un día —ya adultos, ya cansados—
el azar nos sentó frente a frente.
Tus ojos seguían diciendo mi nombre
aunque tus labios callaran.
Me hablaste de tu casa,
de un anillo,
de una vida que no me incluía
pero que defendías con dignidad.

Dijiste que me amabas
como se ama lo imposible:
sin huir,
sin traicionar.

Entonces entendí
que nuestra fuga no fue fracaso,
sino promesa:
no llegamos al destino,
pero sobrevivimos al tiempo.

Y aún hoy, cuando el recuerdo me nombra,
sé que en algún rincón intacto del mundo
seguimos corriendo,
jóvenes,
libres,
justo antes de ser alcanzados.

Autora: Rosibel Artavia

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