Mis Manos Vacías
Mis Manos Vacías
Mis manos vacías, sin don alguno,
se alzan hacia ti, vacías de fruto;
no encuentro la flor digna de tu frente,
ni joya que brille con luz suficiente.
Sólo estas palmas abiertas y limpias,
testigos mudos de mis agonías.
Más si aceptaras estas manos yermas,
que en su pobreza ningún tesoro encierran,
hallarías, tal vez, en su sencillez,
la huella del más puro de los afectos:
en cada línea, un verso no escrito;
en cada gesto, un anhelo infinito.
Éstas manos que nunca labraron rosas
–sólo surcos de insomnio y de penumbras–,
por ti aprenderían nuevos oficios:
acariciar tus sueños más prolijos,
sostener tu cansancio vespertino,
señalar contigo el mismo camino.
Mis manos vacías, sin pompa alguna,
no ofrecen riqueza, ni perla, ni luna;
pero en su callo guardan, con ternura,
el mapa secreto de mi hondura:
todos los senderos que, en la oscuridad,
conducen derechamente a tu verdad.
¡Toma, pues, éstas pobres extensiones
donde el amor fundó sus cimientos!
Y cuando las ciñas con tu ancha diestra,
verás cómo florece en ellas la diestra
de un amor que, en su férvida pobreza,
es mi única, eterna y gran riqueza.
Rosibel Artavia


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