La Renuncia

LA RENUNCIA

Aprendí a callar tu nombre
como se aprende a morir:
poco a poco,
despacio,
sin molestar a los vecinos.

Tu cuerpo fue mi país.
Lo recorrí con la paciencia
de los condenados que aún creen
en la libertad.
Ahora cruzo sus fronteras
con pasaporte falso.

El amor es este cuarto de hotel
donde dejamos las maletas
sabiéndonos de paso.
Afuera llueve sobre extranjeros.
Adentro,
el silencio pesa tanto
que dobla los siglos.

Te quise con la honestidad
de alguien que firma su sentencia.
No pedí indulto.
Los amantes verdaderos
saben que toda condena
es perpetuidad.

Hoy entiendo la tarde
como un muro encalado.
Blanco sobre blanco.
La eternidad no es larga:
es exacta.

Hay que aprender a renunciar
sin levantar la voz.
Como los árboles
que entregan sus hojas
sin discursos.
Como la arena
que no reclama al mar.

He amado tanto
que ya no me pertenezco.
Soy la mujer que espera
en el andén vacío
con un billete
a ninguna parte.

El invierno no es cruel:
sólo enseña
que los brazos también
son ramas desnudas.

Renuncio a ti
como se renuncia a la salud
o a la patria.
Sin fe,
pero con la certeza
de que en este mundo
no hay enfermedad
que no merezcamos.

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