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Mostrando las entradas de diciembre 20, 2025

Sólo Tú

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Sólo Tú Sólo tú, como una lámpara encendida en el pecho del alba, sabes pronunciar mi nombre sin herir el silencio. En la multitud de los días tu mirada es un río quieto donde mi cansancio aprende a descansar y mi esperanza a beber. No te nombro en voz alta: te nombro en el gesto del pan compartido, en la paciencia del viento que no pregunta cuándo llegarás. Eres la pregunta que no duele, la respuesta que no se impone. Si el mundo me cierra sus puertas, tú abres una ventana en mi sombra. Sólo tú, tan simple como la luz y tan inmenso como el cielo cuando decide quedarse. autora Rosibel Artavia

Mi corazón no te olvida

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Mi corazón que no te olvida Te amé como se ama a la luz cuando el día se niega a existir: sin promesas, sin salvación, con la obstinación serena de quien elige vivir. Mi corazón no te olvida no por fe, sino por lucidez. Porque olvidar sería mentirle al desierto que aprendí contigo, a la sed que me enseñó tu ausencia. No fuiste refugio, fuiste intemperie. Y aun así me quedé. Porque amar —lo supe entonces— no es vencer al absurdo, sino caminar con él tomados de la mano. Hoy no te busco. Te reconozco. Estás en la claridad dura de la mañana, en la dignidad de seguir respirando aunque no estés. Mi corazón no te olvida porque no sabe traicionarse. Y en ese acto simple, casi rebelde, elige amar sin esperanza, pero con verdad. autora Rosibel Artavia

Un lugar para los dos

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Un lugar para los dos Hay un claro donde el día aprende a decir tu nombre sin temblar, un sitio pequeño como un latido y vasto como la promesa del alba. Allí la tarde se sienta despacio, no pregunta, no hiere, no exige. La hierba escucha nuestros silencios y el viento guarda lo que no decimos. No es un reino ni un sueño altivo, es apenas un banco de luz, dos sombras que se reconocen como si siempre hubieran sido una. Tu risa ordena el mundo, mi calma se parece a tus pasos. Nada nos pertenece y por eso todo es nuestro. Si el tiempo pasa —que pase—, si cambia el cielo —que cambie—, este lugar seguirá naciendo cada vez que tus ojos me miren. autora Rosibel Artavia

Para quererte otra vez

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Para quererte otra vez Te quise como se quiere a una casa en llamas: sabiendo la salida y quedándome igual. Mi amor no fue limpio, fue clínico y feroz, un animal con nombre propio mordiéndome las costillas desde dentro. Te quise con esta mente que no descansa, que abre cajones donde guardo pastillas de recuerdo y cartas que nunca envié. Hubo días en que tu ausencia se sentó a desayunar conmigo, mojó el pan en mi café y me dijo: —No te cures todavía. Porque quererte otra vez no sería un milagro, sería una recaída hermosa, una cicatriz que aprende a hablar, una mujer que vuelve a encender el fósforo sabiendo exactamente cuánto duele el fuego. Y aun así, con esta lucidez que sangra, volvería. Porque hay amores que no se superan: se administran como una dosis necesaria para seguir viva. autora Rosibel Artavia

Sin Heroísmo

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  Hubo un instante —mínimo, casi indigno del reloj— en que comprendí que no volverías a escribir. No llegó como un golpe, sino como llegan las verdades profundas: envueltas en una delicadeza insoportable. Me descubrí revisando el pasado con la minuciosidad de quien ordena cartas que nunca fueron enviadas. ¿En qué gesto exacto, en qué palabra inocente, se extravió el hilo que nos sostenía? No fue tu ausencia lo que más dolió, sino la forma en que el tiempo continuó obediente, mientras mi memoria —traicionera— seguía llamándote. Comprendí entonces que amar no es solo desear la presencia del otro, sino aprender a convivir con la infinita actividad del recuerdo, ese lugar donde sigues existiendo con una claridad que ya no te pertenece. Así, tu silencio se volvió costumbre, y yo —sin heroísmo alguno— aprendí a vivir con la exacta nostalgia de quien ha sido olvidada sin haber dejado de amar. autora Rosibel Artavia