Entradas

Mostrando las entradas de enero 12, 2026

Dejar atrás

Imagen
Dejar atrás Se van las cosas, uno lo acepta, el jarrón que tenía una grieta, el paso lento de las nubes grises, las cicatrices que ya no duelen. Se van los días, uno lo comprende, la lluvia antigua que ya no enciende, la silla vacía en el comedor, el viejo temor que fue pereza. Pero tu risa, esa sí duele, porque se aleja y no consuela, porque se clava en la madrugada, porque es pasada y no se borra. Dejamos atrás calles y meses, esquinas rotas, viejos intereses, el amor que fue y no pudo ser, la fe de ayer, el almanaque. Pero tu nombre, ese no pasa, porque habita en cada cosa rasa, en el silencio de la escalera, en la espera que no se acaba. Dejar atrás es un oficio, un aprendizaje del sacrificio, soltar las manos que se entretejen, mirar lejos y no decir nada. Pero tu sombra, esa es tenaz, no se resigna a ser solaz, persiste en puertas entreabiertas, en las certezas desiertas. Uno se vuelve experto en pérdidas, en despedidas sin cicatriz, aprende a vivir con lo que queda, con la moned...

A Mediodía

Imagen
A mediodía A mediodía, cuando la luz parece haber olvidado toda prisa y se posa sobre las cosas como una mano que reconoce, te pienso. No con la urgencia del deseo, sino con esa forma lenta y profunda del recuerdo que no distingue ya entre lo vivido y lo soñado. El aire es tibio y exacto, y en él tu nombre adquiere una densidad inesperada, como si siempre hubiera estado allí esperando que yo aprendiera a escucharlo. Hay instantes —éste es uno— en que el amor no arde ni hiere, simplemente existe, con la serenidad de una verdad antigua. Te amo así, a mediodía: cuando el mundo no promete nada y, sin embargo, lo contiene todo. Cuando tu ausencia no duele, porque se ha vuelto parte de mí, como la sombra breve que los cuerpos proyectan antes de que el sol continúe su camino. Y comprendo entonces que amarte no es buscarte, sino reconocerte en esta luz inmóvil donde el tiempo, por un momento, se detiene a contemplarnos. Rosibel Artavia.

YO

Imagen
Yo Yo soy la llama que duda y aun así arde, la voz que se busca en el eco de su propia pregunta. Yo, fragmento del día y la noche, aprendí a amar en la herida, a nombrar la luz desde el temblor de la sombra. Fui deseo y caída, ímpetu y límite, un impulso eterno encerrado en un cuerpo que envejece. Yo quise abarcar el mundo con la sed de lo infinito, pero hallé en tus ojos el abismo más vasto. En mí luchan el cielo y la tierra, la razón y el delirio, y en esa batalla secreta forjo mi nombre. Yo no soy paz ni certeza, soy tránsito, soy búsqueda, soy el temblor que antecede al sentido. Y si el destino me nombra, que lo haga sin miedo: yo fui quien se atrevió a sentir y en el sentir se hizo eterno. Rosibel Artavia.