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Mostrando las entradas de diciembre 21, 2025

Esta pequeña luz

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Te amo como ama el musgo a la piedra: sin prisa, sin promesas ruidosas. Cuando miramos las estrellas no pedimos nada. Ellas existen, y eso basta. Tu silencio junto al mío es un campo abierto. Allí el corazón descansa como un animal que ha encontrado agua. No digo “para siempre”. Digo: ahora. Digo: esta luz pequeña que no se apaga. Si un día el cielo se cierra, recordaré tus ojos levantados a la noche, creyendo. Y amar será eso: mirar lo lejano sin miedo, con la mano dentro de otra mano. autora Rosibel Artavia

Amarte así

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Amarte así Amarte así como se ama a la noche cuando cae sin permiso, como se cree en el rocío aunque nadie lo aplauda. Amarte así, con la paciencia antigua de los astros, cuando el tiempo se arrodilla y aprende a esperar tu nombre. Te amo no con palabras —esas se cansan— sino con silencios que vigilan tu sueño, con un temblor leve que reconoce tu ausencia aún cuando estás. Amarte así es aceptar que el amor no pide explicaciones, que basta un latido para justificar la eternidad. Si un día el mundo se rompe y la luz se vuelve extranjera, yo sabré volver a ti, porque amarte así es saber el camino incluso con los ojos cerrados. autora Rosibel Artavia

Vuelve

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Vuelve Vuelve, como vuelve la luna a su herida de agua, como el silencio regresa al bosque cuando aprende de nuevo su nombre. Vuelve, que mi alma aún tiembla con la fe ingenua de las estrellas que no saben caer. He guardado tu ausencia en el cajón más hondo del tiempo, allí donde el amor no envejece y la nostalgia canta bajito para no romper el mundo. Vuelve sin promesas, sin coronas ni milagros, vuelve con el simple gesto de tu sombra reconociendo la mía. Si no vuelves, lo sé, seguiré amándote igual: hay amores que no piden regreso, solo eternidad. Pero vuelve… aunque sea para enseñarle a mi noche cómo se pronuncia la luz. autora Rosibel Artavia

Alguien como tú

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Alguien como tú No te busqué: fuiste llegando como llegan las constelaciones al agua, sin ruido, pero dejando el cielo temblando. Eres la palabra que no sabía decir y que mi silencio aprendió de memoria. En tus ojos cabe el mundo sin empujones, como si el tiempo, por fin cansado, decidiera sentarse. Alguien como tú no se ama de golpe: se reconoce. Como se reconoce una casa en mitad de la tormenta, como se reconoce la voz que nos nombra cuando dudamos. Si te quedas, que sea despacio, para que el amor no se asuste de tanta verdad. Si te vas, llévate sólo lo que te di: éste corazón que aprendió a latir pronunciando tu nombre como quien reza sin saber que reza. autora Rosibel Artavia

Para tenerte otra vez

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Para tenerte otra vez  He caminado tu ausencia como quien cruza una isla donde el viento aprende mi nombre y lo olvida al anochecer. El amor —lo sé ahora— no es una llama: es una piedra tibia que insiste bajo el agua. Te busqué en la sal del día, en las grietas del tiempo, en las palabras que no dije por miedo a que se rompieran. Si vuelves, no será con promesas: vendrás como regresa el mar, sin explicaciones, inevitable. Y yo estaré aquí, con el corazón descalzo, aprendiendo otra vez a pronunciar tu sombra como si fuera luz. autora Rosibel Artavia

La forma de mi corazón

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La forma de mi corazón La forma de mi corazón no es redonda: tiene esquinas de espera, pliegues donde se esconden los recuerdos y una grieta luminosa por donde entra tu nombre sin pedir permiso. Ama como aman las casas antiguas: con muros firmes, ventanas abiertas incluso en invierno, y una paciencia que no se anuncia pero sostiene. He aprendido que el amor no siempre regresa, pero permanece. Se queda como se queda la luz en los muebles, como el polvo noble del tiempo que no ensucia: consagra. Si no vienes, te quedas. Si callas, te escucho. Mi ternura no exige milagros, solo continuidad: esa forma silenciosa de la fidelidad que no pregunta, que no huye, que no se cansa. Así es la forma de mi corazón: un gesto antiguo que insiste, un amor que no negocia su verdad, una promesa que vive aunque nadie la nombre. autora Rosibel Artavia

Quizás si me quieres

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Quizás si me quieres Quizás si me quieres no será con fuegos artificiales, sino con la humilde constancia de quien vuelve cada día al mismo pensamiento. Te querría entonces como se quiere a una idea que no busca imponerse, como se cuida una duda fértil que hace más grande al espíritu. No te pediría promesas: las promesas envejecen mal. Me bastaría ese gesto mínimo —una palabra honesta, un silencio compartido— donde el amor aprende a respirar. Si me quieres, será porque en mí encuentras reposo y no espectáculo; porque conmigo puedes ser menos héroe y más humano. Y si no me quieres, también lo entenderé: amar es aceptar que incluso el corazón tiene derecho a pensar distinto. autora Rosibel Artavia

Haberte amado tanto

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Haber­te amado tanto Haberte amado tanto fue aprender la geografía del asombro: el mapa minúsculo de tus gestos, la latitud exacta donde mi voz temblaba como una brújula cansada. Te amé con la precisión de una lupa, con ese cuidado que tienen las cosas frágiles cuando no saben que lo son. Conté las horas como se cuentan conchas: una por una, sin creer en el mar. Haberte amado tanto fue aceptar que el amor no pide permiso, entra —mojado, obstinado— y deja huellas en la arena aunque nadie mire. Hoy recojo lo que queda: un hilo de luz en el bolsillo, una risa que todavía sabe mi nombre, la certeza —inquietantemente feliz— de que amar también es perder sin caer. Porque haberte amado tanto no fue exceso ni error: fue la forma más honesta que tuvo mi corazón de decir la verdad. autora Rosibel Artavia

Recuérdame

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Recuérdame Recuérdame cuando el día se vuelve sencillo y el mundo cabe en una taza de silencio. No me busques en grandes gestos: estoy en la manzana partida en dos, en la ventana que respira al amanecer, en el pan que aún conserva el calor de las manos. Recuérdame como se recuerda un sendero breve que sabe llegar sin ruido. Como el árbol que no presume pero da sombra exacta. Si el amor es esto — un acuerdo secreto con la luz—, entonces quédate. Y cuando dudes, recuérdame. autora Rosibel Artavia

Para que tú me quieras

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Para que tú me quieras No te ofrezco un relámpago ni promesas que se quiebren al amanecer. Te dejo una manzana tibia, recién caída del árbol, con su peso exacto de verdad. Si te sientas a mi lado, no diré palabras grandes: te alcanzará el silencio como un vaso de agua clara después del camino. Aprendí a amar despacio, como crecen las piedras en el río, como la hierba insiste aunque nadie la mire. Para que tú me quieras no cambiaré la estación: me quedaré aquí, haciendo luz con lo pequeño, esperando —sin ruido— a que tu mano reconozca la mía. autora Rosibel Artavia

Si yo pudiera

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En la madrugada, cuando el mundo parece una cafetería vacía y el reloj mastica segundos con desgano, pienso en ti como quien escucha un vinilo antiguo que sigue girando aunque nadie lo toque. si yo pudiera decirte te quiero , lo diría sin ruido, como se dicen las verdades que no buscan aplausos. si pudiera juntar mis manos con las tuyas , las dejaría allí, aprendiendo el idioma secreto de la piel, ese que no necesita traducción. Hay días en que la realidad se vuelve un vidrio grueso. Entonces recuerdo: si pudiera romper las barreras que nos separan —esas que no salen en los mapas— yo te entregaría un amor constante y un sentimiento infinito , algo tan sencillo y tan absurdo como creer que dos almas pueden sentarse juntas a mirar llover sin pedir explicaciones. No sabes, amor, todo lo que te daría cuando el silencio me pregunta por ti y yo le respondo con paciencia. No sabes… simplemente si yo pudiera . autora Rosibel Artavia

Donde estés

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  Donde estés Amor, Te escribo desde este lugar sin mapa donde la memoria insiste y el deseo aprende a caminar descalzo. No sé dónde estás —si en una ciudad que aún me sueña o en el pliegue secreto de un silencio—, pero sé que existes, y eso basta para que el mundo no se derrumbe del todo. Te pienso como quien guarda una luz en el bolsillo para cruzar la noche. Hay días en que tu ausencia es un rumor obstinado, un vaso vacío que aún conserva el sabor del agua. Otros, en cambio, tu nombre se vuelve brisa y me empuja hacia adelante, con esa ironía dulce de lo que no se posee y, sin embargo, sostiene. No te pido regreso ni promesa. El amor, cuando es verdadero, no exige: se queda. Se queda incluso cuando no está. Yo me quedo así, fiel a lo que fue posible, leal a lo que ardió sin permiso. Porque amarte fue aprender a mirar el mundo con una herida luminosa, y esa herida —créeme— también salva. Donde estés, ojalá el tiempo te trate con delicadeza. Ojalá haya una ventana abierta y a...

Mi ternura

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  Toda mi ternura Amor mío: Hay instantes —como esos que la memoria guarda en frascos de luz— en los que tu recuerdo regresa sin anunciarse, y basta una mínima señal del mundo (una sombra en la pared, el aroma tibio de la tarde, el rumor de una palabra no dicha) para que todo lo vivido contigo se despierte con una delicadeza casi religiosa. Entonces comprendo que la ternura no es un gesto: es un tiempo que insiste. Te escribo desde ese territorio donde el pasado no duele, sino que se vuelve comprensión. Allí, cada latido que compartimos se alarga como una frase que no quiere terminar, y cada silencio tuyo adquiere el espesor de lo amado. He aprendido que amar no es retener, sino custodiar; no es exigir presencia, sino honrar la huella. Si alguna vez te preguntas dónde estoy cuando no me ves, sabrás la respuesta: estoy en el pliegue más suave de tu memoria, cuidando lo que fue, sin prisa, sin reproche. Mi ternura no reclama futuro ni pasado; se ofrece entera en este presente frá...

Mi único Amor

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Carta de amor — Mi único amor Amado mío, Mi corazón te nombra como el mar nombra a la luna: sin esfuerzo, con obediencia antigua. Desde que existes en mi pensamiento, la sangre aprende un ritmo nuevo y la noche se vuelve más breve, como si el alba me vigilara para verte llegar. Eres la herida dulce que no deseo cerrar. Cuando no estás, el aire se vuelve áspero; cuando estás —aunque sea en la memoria—, todo florece. Mis manos recuerdan la forma de tu ausencia, y aún así te celebran. Si te nombro en voz baja, el mundo escucha. Te amo con la claridad del fuego y la paciencia de la marea. Te amo sin cálculo, sin promesas ruidosas: te amo como se ama lo único. Mi único amor. El que sostiene mis días y les da sentido, el que convierte el temblor en música y la espera en ofrenda. Si algún dios pregunta por mi fe, diré tu nombre. Si alguna sombra me reclama, diré tu luz. Y si el tiempo intenta separarnos, que lo intente: mi amor por ti ya aprendió a durar. Siempre tuya, autora Rosibel A...

Cada latido

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Amor mío, Cada latido que me habita es un caballo oscuro galopando en la sangre. No corre hacia la huida, corre hacia tu nombre. Late y late, como si el corazón fuera una campana nocturna llamando a tu puerta de luna. Te escribo desde el centro rojo del pecho, donde el tiempo se descalza y aprende a bailar. Allí, cada golpe del corazón es una granada que se abre: semillas de fuego cayendo en el silencio. Y en ese silencio, tú. Siempre tú. Como una guitarra apoyada contra la pared del alba, esperando que la toque la luz. Hay días en que el latido se vuelve río verde, arrastra naranjos, polvo, promesas. Otros días es cuchillo de agua, claro y exacto, que me recuerda que amar es una herida luminosa. No duele: canta. Canta como canta la sangre cuando sabe su destino. Si escuchas con atención, amor, oirás mi pecho decirte lo que la boca no se atreve: que cada latido es un paso hacia ti, que no sé vivir sin ese temblor que me nombra. Yo no te pienso: te pulso. Yo no te sueño: te respiro....

Es un Sueño El Amor

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Un sueño: el amor Amado mío., Esta carta no camina: flota. La escribo con la tinta suave de los sueños, esa que no mancha, pero permanece. Anoche el amor vino a verme. No tocó la puerta —el amor nunca pide permiso— entró como la luz que reconoce su casa. Traía tu nombre envuelto en silencio y una paciencia antigua, de esas que saben esperar sin cansarse. He aprendido que amarte no es poseer el día, sino cuidar la noche. No es decirte “quédate”, sino abrir la ventana para que vuelvas cuando el viento lo decida. Porque el amor, cuando es verdadero, no encadena: acompaña. Si alguna vez dudas de mí, mira el cielo cuando amanece: verás cómo la luz no lucha con la sombra, simplemente la transforma. Así te amo yo: sin ruido, sin prisa, como quien riega una semilla con la certeza de que florecerá, aunque no esté mirando. Dicen que los sueños se disuelven al despertar. Éste no. Éste se queda. Camina conmigo, se sienta a mi mesa, pronuncia tu nombre como si fuera u...