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Mostrando las entradas de enero 17, 2026

El Ritual

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El ritual Amarte no fue una promesa, fue una decisión repetida cuando el mundo insistía en su absurdo. Cada mañana te elijo como quien enciende una lámpara sabiendo que la noche volverá. Ese es nuestro ritual: persistir. No te amo porque seas eterno, te amo porque eres frágil y, aún así, permaneces. Porque en tus silencios reconozco los míos y no huyo. El amor no nos salva, lo sé. Pero nos da una forma digna de atravesar el caos. Caminar juntos aunque el sentido no esté garantizado. Hay días en que el mundo pesa, en que la esperanza parece un gesto inútil. Entonces vuelvo a ti, no como refugio, sino como acto consciente: amar, a pesar de todo. Ese es el ritual: mirarnos sin mentiras, aceptar la caída, y aún así tomar la mano del otro como quien desafía al vacío con un simple gesto humano.

Reinvindicar la ternura

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Reivindicar la ternura Reivindicar la ternura no como gesto débil ni como refugio para los cansados, sino como acto de fe en medio del ruido. Reivindicarla cuando el mundo levanta muros y celebra la dureza como si fuera virtud, como si doler menos fuera lo mismo que no amar. La ternura es una forma silenciosa de coraje: poner la mano abierta donde todos empuñan el miedo, mirar al otro sin pedirle que se defienda. Reivindicar la ternura en los días grises, en la palabra justa, en el pan compartido, en el abrazo que no pregunta por méritos ni culpas. Porque la ternura no salva al mundo de golpe, pero lo sostiene, lo mantiene respirando cuando la esperanza aprende a caminar despacio. Reivindicar la ternura es elegir quedarse humano cuando todo invita a endurecer el corazón. Rosibel Artavia 

Al pasado

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Al pasado Te nombro sin rencor, pasado, como quien toca una puerta que ya no duele. Gracias por las lecciones que llegaron sin aviso, por las caídas que me enseñaron la forma exacta de levantarme, por las noches largas donde aprendí a escucharme cuando nadie más lo hacía. Gracias por los amores perdidos, por los que fueron hogar y luego distancia, por las manos que solté aunque aún supieran mi nombre. No los culpo: fueron verdad en su tiempo, y eso basta. Cada adiós me dejó una raíz, cada ausencia una claridad. Aprendí que amar no siempre es quedarse, y que soltar también es un acto de ternura. Hoy te agradezco, pasado, porque entre tus ruinas me encontré a mí. Porque después de amar tanto afuera, aprendí el gesto más difícil: volverme refugio, mirarme sin juicio, elegirme sin miedo. No quiero borrarte. Te honro. Pero ya no camino hacia ti. Ahora avanzo con lo aprendido en el pecho y el amor propio como luz encendida que no vuelve atrás. Rosibel A...