Ocaso
Ocaso El día se repliega como una carta que no se envía. Tu nombre queda en el borde del cielo, donde el sol aprende a despedirse sin lágrimas. Te amé con la dignidad del silencio, con esa fe obstinada que no pide milagros ni promesas que tiemblen. El amor —lo supe tarde— no siempre arde: a veces se vuelve sombra fiel, pan compartido en la penumbra, respiración que no exige ser vista. Ahora el ocaso nos cubre a ambos. No es final: es una forma madura de la luz aprendiendo a quedarse dentro. autora Rosibel Artavia