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Mostrando las entradas de diciembre 24, 2025

Mi ikebama

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El arce, en su vaso de austera porcelana, inclina una rama de púrpura y oró. Ya no busca el cielo; su curva liviana abraza el silencio que el verano perdió. Es un adiós grácil, es un «quién sabe» mudo, una línea serena trazada en la paz. El crisantemo, breve, a su lado desnudo, es un corazón que late una vez más. No hay follaje espeso, ni pompa, ni ruido. La belleza ahora es espacio y quietud: el vacío claro, por el tallo herido, se llena de una augusta beatitud. Así, amado inmóvil, en el jarrón del sueño, tu recuerdo posa su forma esencial: no la flor intacta, sino el noble empeño de una línea pura, frente a lo inmaterial. El otoño llega, la hoja dorada cae… ¡Mas perdura el arte que supo fijar, en el gesto único que la fugacidad vence, la eterna armonía del ser y del estar!

Cara de luna

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Cara de luna Cara de luna, rostro sereno, donde la sombra dibuja un beso, tienes la paz del lago en reposo y la pureza de un lirio bueno. Tu faz de nácar, tersa y luciente, es el espejo donde se ahonda el cielo entero de la noche blonda, y el firmamento se vuelve ardiente. Cuando en la sombra tu frente inclinas, parece que de tu sien risueña se desprende una luz que enseña el camino a las almas divinas. Cara de luna, no eres de tierra, eres un sueño de la alta esfera; por eso acaso cuando te viera, sentí que el alma se me destierra. Y te adoré con fe profunda, como se adora un misterio eterno, tú, blanca imagen del amor interno, tú, dulce y melancólica,  cara de luna. 

Amar es hacer un lugar

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Amar es hacer un lugar No es el azar, ni el ímpetu del viento, ni la pasión que nace de la sombra, amar es hacer lugar donde, en calma, el universo entero se asombre. Es abrir un portal en la muralla del tiempo que fluye sin clemencia, es plantar un ciprés en la alta roca y llamar a esa altura «permanencia». Es decir al caos: «Detén tu vuelo, aquí ha de reinar una ley serena», es ver en el abismo un firmamento, y en el vacío, una segura arena. Como el río que, al hallar su cauce, descansa en la hondura que él labró, el amor es el arte de tallar un valle en el pecho, claro y hondo. No pides tú, amor, un trono efímero, sino la arcilla lenta de los días, y en ella grabar, con pulso eterno, la geometría de la armonía. Y así, en el rincón que amor construye, —cúpula invisible, secreto altar— el alma, peregrina, reconoce su patria antigua, y cesa de errar. Porque amar es hacer un lugar donde la fugacidad descanse, donde la muerte misma parezca un leve umbral que a lo eterno pase. Y en ese es...

Para que tú me quieras

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Para que tú me quieras, he desplegado sobre la mesa del alba el mantel blanco de los primeros días, aquel que guarda el pliegue de tu nombre. Para que tú me quieras, he aprendido el idioma de la lluvia y he nombrado las cosas con su aroma: "jazmín", "corteza húmeda", "pan recién horneado". He rehecho el silencio, lo he llenado de trigo y de paciencia, he puesto en el umbral un faro quieto que no pide, ni exige, solo espera. He desatado el nudo de la herrumbre en las bisagras viejas de la puerta, para que el sonido, si regresas, sea suave, como un pájaro que bebe. Para que tú me quieras, me he hecho territorio de semillas, un lugar sin espinas ni calendarios, solo el lento latido de la tierra germinando promesas a tu paso. Porque quererme es esto: no un juramento escrito en piedra fría, sino la humilde ofrenda de un espacio donde tu vida pueda echar raíces. Rosibel Artavia.

El Abismo

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El abismo Escribo desde un lugar que no tiene nombre, donde la luz parece vacilar antes de extinguirse. Pienso en ti, y al pensarte siento que me acerco a un borde invisible, un abismo que no hace ruido pero que me reclama. No sé si lo que siento es miedo o deseo; quizás ambas cosas conviven como sombras que se confunden en la penumbra. Tu recuerdo es una cuerda que intento sostener, pero el viento que sopla desde este vacío amenaza con romperla. Me pregunto si alguna vez recibirás estas palabras y si entenderás que detrás de cada letra hay una mujer que tiembla, que vacila, que busca un punto firme en el mundo para no caer del todo. Y aun así, escribirte me da la sensación de estar viva.  Aunque el abismo me mire de frente, me aferro a tu memoria como a un faro que no me deja perderme del todo. Rosibel Artavia.

El Abrazo

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El abrazo El abrazo fue un árbol con raíces en la garganta, con ramas que buscaban el nido de la otra ausencia. No era carne lo que unía, sino un río subterráneo, un temblor de granada abierta bajo la luz de los párpados. Olía a tierra recién cortada, a luna entre los cabellos, a tiempo detenido en el hueco de las axilas. Y en el centro, un relámpago quieto: dos cuerpos que olvidaban ser dos, mientras el mundo afuera se volvía ceniza y viento. Pero todo abrazo lleva su despedida creciendo como la sombra larga de los cipreses. Y cuando te solté, sentí que me arrancaban la savia más profunda, la que no sabe nombre ni dueño. Ahora duermo con los brazos cruzados sobre el pecho, como un puente que guarda el eco de un río que ya no pasa. Rosibel Artavia 

Tocar tu corazón

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Tocar tu corazón  Tocar tu corazón no es entrar: es quedarse en la intemperie esperando que no cierres la puerta. Camino hacia ti como quien acepta el absurdo: sin promesas, sin mapas, solo con la certeza de que existir duele menos cuando alguien nos nombra. Tu corazón no es un refugio, es una pregunta abierta. Y aún así me acerco, porque incluso en la lucidez más seca hay una forma de ternura: persistir. Si logro tocarte —apenas rozar la frontera— no será para salvarte ni para salvarme, sino para decir, sin consuelo pero con verdad: aquí estamos, vivos, desafiando al silencio juntos. Rosibel Artavia.

Hojas caídas

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Mi cuenco de mendigar acepta hojas caídas. No pido oro ni pan, pido el temblor sencillo de lo que fue árbol, la memoria verde que aún respira cuando el otoño aprende a soltar. Mi cuenco sabe de esperas antiguas, de manos abiertas al cielo y de silencios que alimentan más que el trigo. En él caben las hojas, y también las horas cansadas, los nombres que el viento pronuncia cuando nadie escucha. Dame lo que cae sin ruido: una luz gastada, una fe pequeña, el amor que no se exhibe. Con eso basta. Con eso vivo. autora Rosibel Artavia

Tu nombre

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Tu nombre es un poema Tu nombre no se dice: se pronuncia como la lluvia cuando aprende a caer despacio sobre la sed del mundo. Tu nombre camina descalzo por los jardines de mi silencio, y cada vez que lo pienso florece una luz que no sabe apagarse. Lo escribo en el aire y el aire se vuelve canto. Lo dejo en mi pecho y el corazón aprende un idioma nuevo, uno donde amar no duele, solo despierta. Tu nombre es un poema que no busca lectores, porque basta con existir para ser verdad. Cuando el día se inclina y la noche me pregunta quién soy, respondo con tu nombre como quien ofrece una lámpara a la eternidad. autora Rosibel Artavia

Amor II

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Amor II Autora: Rosibel Artavia Bajo la luna, tu voz me roza el alma como la brisa. Aunque estés tan lejano, mi corazón te escucha. El río calla, pero lleva en su cauce tu despedida. Flores de loto duermen sobre el dolor que guardo. No hay tiempo en ésto,  sólo la eternidad de lo que fuimos. Amor es ese instante que no muere en los labios.

La región del olvido

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**"La región del olvido"**   Yo habito donde termina tu memoria,   la zona gris donde los besos se hacen polvo.   Eres el mapa que ya no consultas,   la frontera cerrada,   el nombre tachado en tinta pálida.   Aquí el tiempo no avanza,   solo se desmorona como un muro viejo.   Mis días son ecos de un sonido   que tu oído decidió perder.   Me has dejado en la región del olvido:   un territorio sin estaciones,   donde la luz llega de costado   y las palabras se ahogan antes de nacer.   Aún busco tu sombra en calles vacías,   reconstruyo tu voz con fragmentos de viento.   Pero tú has borrado las coordenadas,   has soltado a los pájaros que llevaban mi nombre.   Soy la huella que la lluvia se lleva,   la carta quemada cuyas cenizas   vuelas desde tu ventana   sin mirar dónde caen.   Y aunque clame en esta tierra baldía,   sabes que no me escucharás:   el olvido es un silencio con raíces,   un país sin retorno   donde sólo yo   permanezco como un monumento a nadie.

Un gesto de Amor

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**Un gesto de amor** No fue el discurso preparado ni la rosa exagerada, ni el juramento tembloroso bajo la lluvia anunciada. Fue el vaso de agua que dejaste sobre la mesa, junto al libro, con un resto de tu huella y el círculo perfecto del alivio. Fue guardar esa llave antigua que ya no abre ninguna puerta, pero guarda en su dentado oxidado la memoria de una puerta abierta. Fue el gesto mínimo, el diario, el que no pide testigos, el que se hizo casi solo, como respirar, como un abrigo. Así, sin protocolo ni trompetas, en la humildad de lo concreto, tu amor se volvió una certeza: el agua clara en el desierto. Y en ese vaso transparente, en esa llave sin fortuna, queda cifrada la noticia de que el cariño no pregunta, sólo deposita su humedad en la geografía seca, y convierte un gesto pequeño en la casa que me espera. Rosibel Artavia.

Te vi

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Te vi Seguramente ya te buscaba desde tiempos remotos sin saberlo, una sola mirada y se pararon todos los relojes, una sola sonrisa y se detuvo el mundo. Te vi parado allí, y supe entonces que te amaría con el primer impulso del deseo y de la carne, y con toda la inocencia del Amor. Rosibel Artavia.