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Mostrando las entradas de enero 8, 2026

cuando el mundo duerme, te pienso

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CUANDO EL MUNDO DUERME TE PIENSO Cuando el mundo duerme, te pienso. Cuando las calles son ríos de silencio y la luna afila su cuchillo de plata sobre los tejados dormidos, entonces tu nombre me crece adentro como una planta oscura y necesaria. Te pienso con las manos en los bolsillos del frío, recorriendo las habitaciones de mi sangre donde dejaste un jarrón con tu aroma, un libro abierto por la página del vértigo, una huella redonda y tibia como un pan recién horneado en la madrugada.  tu recuerdo me visita con pasos de lluvia menuda, desordenando los cajones de la memoria, donde guardo el mapa de tu risa, la geografía simple de tu espalda, el herbario secreto de tus besos. Pienso en la curva del río de tu cintura, en el panal de miel de tu palabra lenta, en la raíz desnuda de tu sueño cuando respiras junto a mí, territorios conquistados. Y es entonces, cuando el hierro de la noche se funde en el crisol de las estrellas, que vuelves a ser la piedra fundamental, el mana...

Madre

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Madre Hay una mujer en el jardín del alba, cuyas manos trenzan el hilo del día. Ternura que fluye, río de leche pura, que baña la cuna donde el mundo ríe. Su bondad es manto que cubre la herida, pan que se parte sin contar el precio. La sombra del águila sobre el nido frío, el único fuego en el invierno antiguo. Fuerza inquebrantable, roca en el torrente, que sostiene el arco del cielo al caer. La espada invisible que corta la muerte, la que puede alzarlo todo, sin caer. Su naturaleza divina no mora en templos, sino en el latido que dos cuerpos unen. Ella es el misterio que todo lo nombra, la tierra y el sueño donde el amor florece. Pues en su costado nace el sol y el llanto, y en su regazo muere la noche fría. Madre: el primer milagro y el último canto, el rostro visible de la poesía. Rosibel Artavia 

Íntima tristeza

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Íntima tristeza Hay una tristeza que no se anuncia, que no golpea la puerta ni alza la voz, sino que se sienta —como tú lo hacías— en el borde de la tarde, cuando el té se enfría y la memoria comienza a hablar sola. Es una tristeza amorosa, no por lo que fue perdido, sino por lo que sigue viviendo en mí con una fidelidad más precisa que la esperanza. Porque el amor, cuando ha sido verdadero, no se retira: se vuelve interior, como un pasillo largo donde cada paso resuena con el eco de lo que fuimos. Te pienso no como eras, sino como te recuerdo, y en esa distancia mínima —más cruel que el olvido— habita mi íntima tristeza: la certeza de que el tiempo no borra, solo transforma la dicha en contemplación. A veces un gesto insignificante —el olor de la ropa limpia, la luz oblicua sobre una pared conocida— me devuelve tu presencia con tal precisión que el corazón se inclina, no por dolor, sino por gratitud melancólica. Porque amarte fue aprender que la felicidad ...

Hijo

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Hijo Cuando lo vi por vez primera supe el significado del amor, no como promesa, sino como relámpago instalado en el pecho. La vida, hasta entonces áspera, aprendió a pronunciar mi nombre con suavidad. Llegó con una ternura infinita, un silencio tibio que ordenaba el caos, y mis miedos, esos animales nocturnos, se arrodillaron ante su respiración. Él contenía la inocencia y la bondad como el agua contiene al cielo reflejado: sin saberlo, sin esfuerzo, simplemente siendo. Su noble corazón latía como una verdad imposible de corromper, un pequeño sol obstinado en medio de la intemperie del mundo. Yo, hecha de grietas y memoria, aprendí a sostener la esperanza con manos temblorosas. Porque en sus ojos la vida dejó de ser herida y se volvió causa, raíz, destino. Y aun cuando el miedo regrese, sé que el amor —ese que nació con él— no me abandonará jamás.

Usted

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Usted Usted, que pasa junto a mí sin prisa, Con ese paso medido, calculado, Y lleva un abrigo gris de exacta tela Y un pensamiento igual de moderado. Usted, que sonríe justo lo preciso, Que nunca sube ni baja la voz, Que guarda el llanto como un avaro Y ofrece un té con gesto previsor. Usted, que tiene las manos quietas, Los sueños puestos en un buen librero, Las noches contadas, las cuentas claras Y un miedo antiguo a lo verdadero. Usted, que mira el reloj de la torre Y nunca el vuelo torpe de un gorrión, Que teme al lunes y al viernes espera Y alarga el hilo de su propia prisión. ¡Ah, usted!... Quizás una madrugada, Al afeitarse frente al espejo frío, Se encuentre de pronto con mirada extraña A un hombre que no lleva su apellido. Y quizás entonces, sin saber por qué, Le dé un temblor de vértigo o de anhelo… Y rompa a silbar, bajo la lluvia gris, Una canción que no venga del modelo. Rosibel Artavia 

La tristeza no es llanto

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Hay un vacío que habita en mi pecho. No es de este mundo. Es más antiguo que el nombre de las cosas. Es la forma que dejó tu ausencia al marcharse. Te busqué en los bosques. Solo hallé raíces negras y un silencio tan denso que pesaba como plomo en la lengua. Nuestro amor fue un dios extraño. Le rezamos con la piel. Le ofrecimos juramentos de sal. Y él nos dio, en recompensa, esta sed que no se apaga con agua. Ahora la noche se ha vuelto de cristal. Veo a través de todo. Veo el esqueleto del árbol, el corazón de piedra de la montaña, y en el centro, quieto y perfecto, el germen de tu olvido creciendo. La tristeza no es un llanto. Es una lógica fría. Es saber que la rosa, aun roja y perfumada, ya lleva en su núcleo la ley precisa de su marchitez. Y yo… soy esa fiel seguidora de una religión vacía. Adoro el altar desierto. Guardo la llave de un templo donde nadie quiere entrar. El amor fue real. Por eso duele así: no como un golpe, sino como una ley, como la gravedad que oblig...

Desesperanza

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DESESPERANZA Se pudre, como fruta olvidada al sol, el amor que un día fue miel en la garganta. El recuerdo es un diente cariado, una migaja de sal en la lengua del hambriento. No queda nada, sino esta lenta oxidación del deseo. Como un cuadro bajo el musgo, la promesa se borra. El “para siempre” fue una grieta en la taza, por donde hoy se escapa el té, quemando el vacío de las manos. Busco tu rostro en la sombra húmeda de la pared y solo encuentro la humedad, el frío. ¿Y el fuego? Lo sofocamos con tanta cobardía, con silencios que crecían como enredaderas ahogando la última palabra viva. Ahora somos dos faros apagados, mirando mares distintos. Y la desesperanza no es un grito, es el zumbido sordo del frigorífico en la noche, la luz de la luna sobre el fregadero sucio, el peso exacto de esta sábana vacía. Es saber que tu nombre, ese que pronunciaba mi boca como un pan caliente, hoy es solo una piedra en el bolsillo del abrigo, una piedra que ya ni siquiera lastima.