El Olvido
No es el vacío, sino la ceniza que aún conserva el calor del rescoldo.
Es el rumor de un nombre que la lengua olvidó pronunciar,
pero que la garganta repite en el sordo oficio de la respiración.
Olvidar es no saber ya la forma exacta de tu nuca,
y sin embargo, que mi mano, al caer la tarde,
busque en la penumbra esa curva abolida,
como un ciego que recorre el rostro de una estatua
para recordar el gesto de un dios que ya no existe.
Es el perfume que se ha desvanecido del frasco,
pero que tiñe el cristal con la memoria de su ausencia.
Olvidarte es habitar una casa donde cada puerta
conduce a una estancia que ya no está,
y sin embargo, al abrirla, encontrar el eco de tu risa
aprisionado en el polvo de los goznes.
Es el tiempo que no pasa, sino que se sedimenta,
como las capas de cal en las paredes de una cueva,
y en cada estrato, tu imagen se vuelve más abstracta,
más parecida al mármol que al cuerpo,
más cercana a la idea que al deseo.
Olvido es este afán de escribir sobre la arena
con la punta de un bastón que se deshace en el gesto,
mientras la marea, lenta y meticulosa,
borra la escritura y devuelve la playa
a su perfecta y estéril inocencia.
Pero yo sé, amor mío, que el mar no olvida;
solo disimula su memoria en el vaivén de cada ola.
Y al final, olvidar es comprender que te he perdido
no como a una llave, sino como a la infancia:
sin hallazgo posible, pero con la certeza
de que todo lo que fui se resume en esa falta.
Porque el olvido no es el fin, sino la forma más pura
de la fidelidad: la que no necesita ya del recuerdo
para seguir siendo, fiel a sí misma, en el hueso de la ausencia.
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