Antes del último ocaso
Antes del último ocaso
La vida pasa…
y mientras contamos los días
como si fueran nuestros,
el tiempo, silencioso,
va cerrando puertas detrás de nosotros.
¡Ah, cuánto orgullo inútil!
Cuántas palabras que no dijimos
por esperar que el otro
adivinara el temblor de nuestra alma.
Amamos,
pero callamos.
Nos aman,
y sospechamos.
Y mientras tanto, la vida —
breve como la luz sobre una flor—
se inclina lentamente
hacia su último ocaso.
¿Por qué negar la mano
que todavía nos busca?
¿Por qué levantar murallas
ante quien, con todos nuestros defectos,
ha decidido quedarse?
Créeme:
no existe corazón sin heridas,
ni amor sin alguna sombra;
pero bendito aquel que, aun conociendo
nuestras ruinas,
elige sentarse entre ellas
y llamarlas hogar.
Amemos, pues.
Antes de que el orgullo
nos deje solos con nuestras victorias.
Antes de que una despedida
nos enseñe demasiado tarde
el valor de una presencia.
Antes de que la vida,
esa viajera impaciente,
nos diga que ya es hora.
Ama.
Y si te aman,
cree.
Porque quizá mañana
ya no exista el tiempo
para perdonar,
ni la voz
para decir:
«Quédate».
Rosibel Artavia.
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