Infinitamente



Infinitamente


¿Cómo he de nombrarte, amado mío,
si tu nombre desborda toda lengua?
Eres el sol que nace cada día,
y en tu luz mi existir se aquieta y lengüa.

No te quiero con fuego pasajero
que el viento apaga y el olvido quiebra,
sino como el roble al suelo fiero,
como el mar a la orilla que lo celebra.

Tu mirada es el libro donde leo
la verdad que los sabios no descifran,
tu aliento, el verso que mi ser desea
cuando la noche sus estrellas cifra.

Infinitamente, sí, sin medida,
como el tiempo que fluye y no regresa,
como el alma que en ti halló su vida
y en tu pecho su eterna fortaleza.

Que el amor no es capricho ni locura,
es ley divina, es orden y es destino,
es la cima que el hombre nunca cura
sino en el corazón que es peregrino.

Así te amo, amado, sin reserva,
con la calma del monte y del abismo,
con la fe del que espera y no se pierde,
con la paz del que  se ha visto así mismo.

Infinitamente, en cada instante,
en cada alba, en cada atardecer,
porque tú eres el verso más constante
que mi alma ha podido comprender.

Rosibel Artavia.


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