La exactitud de mis palabras



La exactitud de mis palabras

Te nombro en voz baja y la habitación cambia de peso.
No hablo para que el mundo escuche; hablo para que vuelvas.
Mis palabras rozan tu oreja como quien busca una llave,
saben el camino de tu piel sin preguntar el nombre de la cerradura.

Digo "quédate" como quien prende una luz en la madrugada:
no es pedido ni exigencia, es un gesto que mide el pulso y se queda.
Cuando te miro, cada sílaba se vuelve rumor contenido,
un hilo delgado que une el borde de mi pecho con el tuyo.

Te confieso las cosas pequeñas: la manera en que duermes con la boca entreabierta,
el lugar exacto donde tus manos buscan la mía en la oscuridad.
No embellezco ni embobezco; detallo —y en el detalle me pierdo—.
Amar así es aprender el horario de tu respiración y acoplar la mía.

A veces pronuncio tu nombre para comprobar que existe,
y el sonido vuelve al cuerpo como un animal que reconoce su casa.
Si callo, no es por ausencia sino por cuidado: dejo que el silencio cuide lo nuestro.
Mis palabras te tocan como quien repara algo fino, con guantes y sin prisa.

No prometo universos; prometo presencia medible:
una taza compartida a las cinco, una mano que aprieta la otra en estaciones difíciles,
la verdad de volver cuando el día ha terminado.
Si un día dudas, escucha esta exactitud mínima:
te nombro con verdad, te sostengo con hechos, y en eso, mi amor es entero.

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