La Geometría Simple de lo Cierto





La geometría simple de lo cierto

Hay en mis manos una regla que no miente:
trazo rectas sobre tus silencios,
mido el roce antiguo de tus ojos
y hallo la misma distancia que al principio.

No necesito compás para girar;
la órbita que te nombra ya está hecha,
es círculo que no se cierra en sombras,
sino en la certeza de volver siempre.

Conté los años como quien cuenta azulejos:
cada uno un pulso, una grieta, una luz.
Al sumar, la suma no mengua;
lo que se resta se vuelve esquina firme,
y la paciencia erige un teorema pequeño
donde nuestras manos prueban que basta.

Te nombro con palabras sencillas,
las que no exigen permiso ni teatro:
vos, hogar con orilla de mar y calma,
vos, la constante que sostiene mi mapa.
Si el mundo altera ejes y escalas,
mi amor se mantiene en su figura clara,
un polígono sin vértices agrios,
sostenido por la simple ley de volver.

A veces pienso que el tiempo es otra cosa,
un viento que pule las piedras del río;
pero hay una ley —no escrita, pura—:
dos puntos que se reconocen, se juntan,
y en la línea breve entre ellos brota
la verdad más simple: siempre eres.

Te amo como quien entiende geometría:
sin dramatismos, con pruebas y paciencia,
con la certeza que nace de la costumbre buena,
con la paciencia que hace a lo eterno posible.
Y si un día la noche quisiera cambiar la medida,
yo dibujaría de nuevo el contorno,
porque la geometría simple de lo cierto
es saber que vuelves y que vuelvo.


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