No dudes



No dudes de tu nombre entre mis manos,
no busques en el frío de tus gestos
la prueba de una culpa que no existe;
yo he visto, tras la niebla de tus años,
el jardín que ocultabas por costumbre,
no por desamor.

Sé que te enseñaron a callar el pecho,
a guardar como avaro las ternuras,
a mirar de lejos lo que quema,
por miedo, no por hielo verdadero.
Y no eres tú quien forjó esa distancia:
fueron manos ajenas, tiempos idos,
los que sembraron en tu voz el muro.

Pero yo, que he aprendido a leer despacio
lo que el silencio esconde entre las cejas,
he visto en tus pupilas, breve, cierto,
un temblor que tu boca nunca dice,
un fulgor semejante al de una lámpara
que alguien enciende y luego, temerosa,
apaga antes de que el mundo la sorprenda.

No te quiero a pesar de tu frialdad:
te quiero porque sé de dónde viene,
porque detrás del gesto que te salva
del daño de quererse demasiado,
yo reconozco un corazón intacto,
uno que teme, no que esté vacío.

Así que no preguntes si mereces
este amor que en ti crece como enredadera
sobre un muro que un día fue jardín:
te quiero por lo que aún no te atreves,
por lo que guardas y por lo que asoma
apenas, en tus ojos, cuando crees
que nadie, en este instante, te está viendo.

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