Se fué
Él dijo:
«entonces adiós»
Esa fue la daga que clavó en mi pecho,
y después se fue...
No ocurrió nada extraordinario.
El cielo permaneció sobre nosotros.
Los árboles continuaron moviéndose con el viento.
La gente siguió caminando, indiferente, como si la vida no acabara de romperse delante de sus ojos.
Y quizá eso fue lo más cruel.
Yo esperaba que el mundo protestara por mí.
Que alguna puerta se cerrara con violencia,
que la tarde se oscureciera,
que el tiempo tuviera la decencia de detenerse un instante.
Pero nada.
Sólo se fué
Entonces comprendí que la ausencia de un hombre puede ser enorme para una mujer y, al mismo tiempo, no significar absolutamente nada para el universo.
Eso era lo absurdo.
Amarlo había sido darle un sentido a mis días.
Perderlo era descubrir que ese sentido nunca había pertenecido al mundo, sino únicamente a mí.
Y aun así lo amaba.
Quizá esa era mi única rebelión:
seguir amando a un hombre que había elegido marcharse,
sin pedirle al cielo que lo devolviera,
sin maldecir al destino,
sin fingir que no me dolía.
Porque hay despedidas que no terminan el amor.
Solo terminan la posibilidad de vivirlo.
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