Veinte años después
Amor, poder y cansancio en los matrimonios que empezaron por conveniencia
Autora: Rosibel Artavia
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Nota de la autora
Este libro nació de una pregunta sencilla: ¿qué pasa, veinte o treinta años después, con las parejas que no empezaron por amor sino por conveniencia, por presión de familia o por cálculo social? No es un libro sobre juzgar esas decisiones. Muchas personas se casaron así porque era lo que se esperaba de ellas, porque su apellido, su patrimonio o su lugar en un círculo social venían con esa condición implícita. Este texto intenta mirar, con seriedad y sin sensacionalismo, lo que la investigación en psicología y sociología de la familia dice sobre esas uniones: cómo envejecen, por qué se vuelven fértiles para el cansancio y la infidelidad, y qué caminos existen cuando después de dos décadas la pregunta "¿esto era lo que yo quería?" empieza a pesar más que el silencio que la mantenía a raya.
No vas a encontrar aquí nombres propios ni casos de personas reales identificables. Vas a encontrar patrones: los que se repiten en la consulta terapéutica, en los estudios académicos y en los tribunales de familia, una y otra vez, en distintos países y distintas clases sociales, aunque se agudizan de formas particulares cuando hay patrimonio, apellido y reputación de por medio. Escribo esto con el respeto que merece un tema que casi siempre se cuenta desde el chisme, pero que en realidad es una de las experiencias humanas más comunes y menos habladas con honestidad: seguir casado con alguien durante décadas, sin haber elegido del todo estar ahí.
1. El matrimonio como estrategia
Durante casi toda la historia de Occidente, el matrimonio no fue, ante todo, un asunto del corazón. La investigación sobre satisfacción marital señala que, hasta bien entrado el siglo XX, el cónyuge solía ser elegido por la familia, y una vez celebrada la boda se asumía que debía durar para siempre; el divorcio estaba mal visto y las personas simplemente aprendían a tolerar lo insatisfactorio. El amor romántico como razón principal para casarse es, en términos históricos, una idea reciente.
Eso explica por qué, incluso hoy, sigue existiendo lo que coloquialmente se llama "matrimonio por interés": una unión que busca sobre todo un beneficio económico, jurídico o social, y en la que el afecto entre los dos —si existe— no es el motivo central de la decisión. No es necesariamente un engaño: muchas veces ambas partes saben perfectamente qué están intercambiando. El problema no suele estar en el punto de partida, sino en lo que ese acuerdo exige sostener durante años, incluso cuando las razones originales —una herencia, un apellido, una posición— ya se resolvieron o dejaron de importar tanto como al principio.
La presión familiar agrega otra capa. En muchas familias con patrimonio o posición que defender, el matrimonio funciona como una herramienta de continuidad: consolidar una alianza, mantener un negocio dentro del círculo conocido, o simplemente "no fallarle" a una familia que esperaba una boda determinada. Quien se casa bajo ese tipo de presión no siempre lo vive como una imposición evidente; muchas veces se experimenta como el camino natural, el que "correspondía", y solo años después, con la relación ya envejecida, aparece la pregunta de qué hubiera pasado si esa decisión hubiese sido enteramente propia.
2. Alta sociedad, apellido y patrimonio
En los sectores de mayor patrimonio, el matrimonio conserva con más claridad que en otros grupos su función histórica: es también una transacción de capital. Un estudio de la Universidad de Chile sobre matrimonio entre familias de elite económica describe cómo, en estas uniones, cada parte suele aportar y recibir formas distintas de capital: quien se incorpora a una familia de élite aporta capital simbólico —una trayectoria profesional destacada, refinamiento, una reputación pública impecable— mientras que la familia receptora ofrece a cambio capital social y económico: prestigio, contactos, seguridad patrimonial.
La endogamia como estrategia de cierre
Ese mismo estudio documenta algo que sociólogos como Pierre Bourdieu ya habían señalado en otros contextos: las familias de élite tienden a preferir la endogamia, es decir, casarse dentro del mismo círculo social, y a mirar con recelo lo que en ese medio se llama "matrimonio abajista" —unirse con alguien de una posición considerada inferior—. No es solo esnobismo: es una forma de proteger el patrimonio acumulado durante generaciones y de mantener el control sobre quién entra a la red de relaciones familiares, negocios y herencias.
Esta lógica tiene una consecuencia poco discutida: convierte el matrimonio, desde su origen, en un asunto que trasciende a los dos cónyuges. Cuando un negocio familiar, una herencia o el prestigio de un apellido dependen en parte de que ese matrimonio se mantenga en pie, la pareja deja de ser solo una pareja; se vuelve también un activo que otras personas —padres, hermanos, socios— tienen interés en preservar. Eso complica enormemente cualquier crisis posterior, porque separarse no es solo un asunto emocional: implica reorganizar patrimonio, sociedades, imagen pública y, muchas veces, la opinión de toda una red familiar que invirtió simbólica y económicamente en esa unión.
3. La curva del tiempo: qué dice realmente la investigación
Existe la creencia popular de que la satisfacción marital sigue una curva en forma de "U": alta al principio, baja en la mediana edad —cuando llegan los hijos, el trabajo y el desgaste cotidiano— y alta otra vez cuando esa etapa termina. Esa hipótesis, propuesta por el investigador Kimble en 2002, es solo una de varias que compiten en la literatura académica. Otros estudios, como los de Pick y Andrade, encontraron más bien un descenso progresivo y prácticamente lineal, sin la recuperación posterior que promete la curva en U. Y un tercer grupo de investigaciones, como la de Rivera y Heresi, encontró justo lo contrario: una tendencia ascendente, en la que la satisfacción aumenta con los años de matrimonio.
La conclusión honesta, y la que suelen repetir quienes revisan esta literatura, es que no hay un patrón universal. La satisfacción marital a lo largo de las décadas depende de un conjunto amplio de variables: la edad de cada cónyuge, el vínculo de apego, la relación con la familia de origen, el estilo de comunicación, los ingresos, el número de hijos, la personalidad de cada uno, la vida sexual, el trabajo y la calidad —no solo la cantidad— de las interacciones diarias. Dos matrimonios de veinte años pueden llegar a ese aniversario en estados completamente opuestos, y ambos son estadísticamente "normales".
Hay, sin embargo, un hallazgo que sí aparece de forma más consistente: con el paso de muchos años de convivencia, algunas investigaciones —apoyadas en la teoría de la diferenciación del self del psiquiatra Murray Bowen— sugieren que los niveles de autonomía emocional de ambos miembros de la pareja tienden a parecerse entre sí con el tiempo, como si la convivencia prolongada fuera limando las diferencias. Esto podría explicar por qué algunas parejas que llevan décadas juntas describen una calma que no tenían al principio, aunque esa calma no siempre sea sinónimo de plenitud: a veces es, sencillamente, costumbre bien afianzada.
4. El cansancio de las uniones largas
El cansancio que describen muchas parejas después de veinte o treinta años rara vez tiene un solo nombre. A veces es hastío por la rutina: los mismos horarios, las mismas conversaciones, la misma mesa. A veces es distancia emocional, acumulada en silencio durante años en los que ninguno de los dos dijo lo que sentía porque parecía más fácil no decirlo. Y a veces es, simplemente, el efecto de la habituación: el cerebro humano deja de reaccionar con la misma intensidad ante un estímulo —incluso ante una persona amada— cuando ese estímulo se vuelve completamente previsible.
La terapeuta belga Esther Perel, una de las voces más citadas en el estudio contemporáneo del deseo dentro de la pareja, ha señalado algo que ayuda a entender este cansancio: el deseo necesita cierta distancia, cierto misterio, mientras que la intimidad prolongada tiende a producir cercanía total y previsibilidad. Cuando dos personas lo comparten absolutamente todo durante décadas —la casa, la agenda, el círculo social, las cuentas—, es común que el deseo se erosione incluso si el afecto y el respeto siguen intactos. No es una contradicción: se puede querer profundamente a alguien y, al mismo tiempo, sentir que la chispa se apagó hace años.
En las uniones que además cargan con el peso de haber empezado por conveniencia o presión familiar, este cansancio suele tener un ingrediente adicional: el duelo por la vida que no se vivió. Es habitual que, después de veinte años, alguna de las dos personas —o ambas— se pregunte qué hubiera pasado si hubiera elegido con libertad total, sin la variable del apellido, el negocio familiar o la aprobación de los padres de por medio. Esa pregunta no siempre lleva a la separación, pero casi siempre pesa, aunque sea en silencio.
5. La infidelidad: qué revela la investigación
Los datos disponibles sugieren que la infidelidad es, estadísticamente, mucho más común de lo que el discurso público reconoce. Según cifras difundidas por el Instituto de la Familia de España, entre el 25% y el 40% de las personas reconocen haber sido infieles alguna vez en su vida. Son cifras que varían según el país, el método de medición y qué se entiende exactamente por infidelidad, pero que apuntan en la misma dirección: no es una rareza, es un fenómeno extendido dentro de la vida en pareja de larga duración.
Esther Perel, que lleva casi tres décadas trabajando clínicamente el tema, ha cuestionado la explicación más simple —"fue infiel porque el matrimonio ya no funcionaba"— y propone que las motivaciones son mucho más variadas. En muchos casos, dice, la persona infiel no estaba buscando a otra persona, sino buscando recuperar una versión de sí misma que sentía perdida: la que se sentía deseada, curiosa, viva, antes de que el matrimonio, los hijos y los años la fueran dejando en un segundo plano. Perel es explícita en una distinción importante: explicar la infidelidad no es lo mismo que justificarla. Comprender por qué alguien fue infiel no exime de responsabilidad frente a quien fue traicionado.
También hay otra lectura, más histórica, que ayuda a entender el fenómeno: durante siglos el matrimonio fue sobre todo una institución económica y social, y el amor romántico se buscaba, si acaso, fuera de ella. Hoy esperamos que una sola persona sea, al mismo tiempo, nuestra estabilidad económica, nuestra mejor amiga, nuestra pareja sexual, nuestra socia de vida y quien sostenga nuestro crecimiento personal. Es una expectativa históricamente nueva y exigente, y varios especialistas coinciden en que esa sobrecarga de expectativas sobre un solo vínculo puede ser, paradójicamente, parte de lo que empuja a algunas personas a buscar afuera lo que sienten que ya no reciben adentro.
La buena noticia, según la evidencia clínica citada por especialistas en terapia de pareja, es que la confianza sí puede reconstruirse después de una infidelidad. Estudios sobre Terapia Focalizada en las Emociones reportan tasas de recuperación de la relación cercanas al 70% cuando ambas personas se comprometen con el proceso, aunque ese proceso suele tomar entre uno y tres años y casi siempre requiere acompañamiento profesional. No es automático ni garantizado, pero tampoco es, como se suele asumir, imposible.
6. Infidelidad en la alta sociedad: discreción y doble vida
En los círculos de alto patrimonio, la infidelidad rara vez se vive —o se resuelve— igual que en otros contextos. Hay al menos tres factores que cambian la ecuación. El primero es la reputación: cuando la pareja aparece en la vida social, en negocios compartidos o en la prensa local, un escándalo no solo afecta a los dos cónyuges, sino a la imagen de toda la familia y, en muchos casos, a la valoración de negocios o instituciones ligadas a su apellido. El segundo es el patrimonio: cuando hay bienes considerables, empresas o acuerdos prematrimoniales de por medio, una ruptura por infidelidad activa procesos legales y financieros mucho más complejos que en un matrimonio sin esos activos. El tercero es el entorno social mismo, que en muchos casos opera con un código no escrito de discreción: se sabe, se calla, y se sigue funcionando puertas afuera como si nada hubiera pasado.
Esto produce un patrón que aparece una y otra vez en la consulta terapéutica y en los relatos de personas que han vivido matrimonios largos en entornos de alto patrimonio: la infidelidad se gestiona, más que se enfrenta. No siempre porque falte dolor o indignación, sino porque el costo de exponer la crisis —social, económico, familiar— se percibe como más alto que el costo de sostener una convivencia deteriorada puertas adentro. La pareja sigue apareciendo junta en eventos, sostiene una imagen de estabilidad hacia fuera, y negocia en privado una distancia emocional que, para efectos prácticos, puede durar el resto del matrimonio.
Vale la pena decirlo con claridad: esto no es exclusivo de la alta sociedad, pero sí se agudiza en ella, porque hay más en juego además del vínculo afectivo. La misma lógica de "matrimonio como capital" que explica por qué estas uniones se forman también explica, en buena medida, por qué cuesta tanto más disolverlas cuando algo se rompe por dentro.
7. Hijos, patrimonio y apariencias: por qué muchas parejas no se separan
Cuando se pregunta a parejas de matrimonios largos por qué siguen juntas a pesar de la insatisfacción, las razones que aparecen con más frecuencia casi nunca son "todavía nos amamos como al principio". Aparecen, en cambio, razones prácticas: los hijos, el patrimonio compartido, el miedo al juicio social, y el costo —económico y emocional— de desarmar una vida construida durante décadas.
El factor económico no es menor, y afecta de forma distinta a cada género. La evidencia sobre divorcios en la adultez mayor muestra que, tras una separación después de los 50 años, el patrimonio de la pareja puede reducirse significativamente, y ese impacto recae con más fuerza sobre las mujeres: su nivel de vida puede caer cerca de un 45% después del divorcio, frente a una caída de alrededor del 21% en el caso de los hombres. En matrimonios de alto patrimonio esa cifra se traduce en algo muy concreto: pensiones, participaciones societarias, propiedades y beneficios de jubilación que llevan años construyéndose en conjunto y que una separación obliga a dividir, litigar o renegociar.
A esto se suma el peso simbólico de "las apariencias": la idea, muy instalada en entornos donde el estatus social importa, de que un divorcio es un fracaso público, no solo privado. Para muchas personas —especialmente quienes se casaron originalmente por presión familiar o conveniencia— separarse implicaría además reconocer, delante de la misma familia que impulsó esa boda, que la decisión no funcionó. Ese reconocimiento, más que el desamor en sí, es a veces lo que más cuesta enfrentar.
8. El divorcio gris: cuando después de los 50 se decide soltar
Existe, sin embargo, una tendencia que contradice la idea de que las parejas mayores simplemente aguantan hasta el final. Se le conoce como "divorcio gris" —gray divorce— y describe el aumento sostenido de separaciones entre personas de 50 años o más. El Centro Nacional para la Investigación de Familia y Matrimonio de la Universidad Estatal de Bowling Green, en Estados Unidos, documenta que en 1990 solo el 8% de las personas que se divorciaban tenían 50 años o más; hoy esa proporción ronda el 40%. Entre las personas de 65 años o más, la tasa de divorcio se triplicó entre 1990 y 2021.
Los investigadores que estudian el fenómeno —entre ellos Susan Brown e I-Fen Lin— coinciden en que no se debe a que los matrimonios de personas mayores sean, en promedio, más conflictivos que los de parejas jóvenes. Tiene más que ver con cambios sociales: la esperanza de vida aumentó, lo que hace menos atractivo "aguantar" una infelicidad durante los años que quedan; el divorcio dejó de ser un estigma tan severo como hace medio siglo; y la independencia económica y emocional de las mujeres creció de forma notable, lo que les da una salida real que antes, en muchos casos, no existía.
El divorcio gris suele coincidir, además, con etapas vitales que dejan expuestas las grietas que la rutina había tapado durante años: la salida de los hijos del hogar, la jubilación, cambios abruptos de salud o de ingresos. Cuando la crianza y el trabajo dejaban de ocupar el centro de la vida diaria, muchas parejas se encuentran, después de veinte o treinta años, compartiendo una casa con alguien a quien ya no conocen del todo — o a quien nunca terminaron de elegir libremente.
9. Caminos posibles
Ni el cansancio ni la infidelidad son, por sí solos, una sentencia. La investigación en terapia de pareja ofrece hoy más herramientas que hace una generación para trabajar tanto la reconstrucción como la separación de una manera consciente, y ambas rutas son legítimas.
Cuando la meta es reconstruir
Los enfoques con más respaldo clínico —como la Terapia Focalizada en las Emociones, desarrollada por Sue Johnson, y el Método Gottman— parten de una idea similar: antes de resolver el conflicto puntual (la infidelidad, la distancia, el desgaste), hay que reconstruir la seguridad emocional entre los dos. Ese proceso no es rápido —suele tomar entre uno y tres años de trabajo sostenido— pero cuenta con evidencia de eficacia cuando ambas partes se comprometen genuinamente con él, no solo por presión externa o por "salvar las apariencias Cuando la meta es soltar
Separarse después de veinte o treinta años, sobre todo cuando hay patrimonio, negocios familiares o hijos adultos de por medio, es un proceso que se beneficia enormemente de acompañamiento profesional: no solo terapéutico, sino también legal y financiero. El concepto de "separación consciente", popularizado en la terapia de pareja contemporánea, propone algo sencillo de decir y difícil de practicar: que el fin de un matrimonio no tiene que ser una guerra, y que es posible cerrar una etapa larga con honestidad, sin necesidad de que alguien cargue con todo el peso de la culpa.
El trabajo que no depende del otro
Haya reconciliación o separación, casi todas las personas que atraviesan este tipo de crisis después de dos o tres décadas de matrimonio enfrentan una tarea que les pertenece solo a ellas: recuperar una identidad que, muchas veces, quedó subordinada durante años al apellido de la familia, al rol social o al acuerdo original con el que empezó todo. Esa reconstrucción personal —quién soy yo, más allá de esta unión— suele ser, según coinciden distintos especialistas, el verdadero punto de partida para cualquier decisión que venga después.
Conclusión: repensar el "para siempre"
No existe una fórmula que explique, en un solo párrafo, por qué algunos matrimonios que empezaron por conveniencia terminan encontrando algo genuino con los años, mientras otros se sostienen durante décadas sobre una distancia que nunca se nombra. Lo que sí muestra la evidencia, una y otra vez, es que el tiempo por sí solo no arregla ni destruye una relación: la vuelve más ella misma. Amplifica lo que ya estaba —la complicidad o el silencio, la ternura o la resignación— y añade, con los años, factores nuevos: cansancio, patrimonio, hijos, reputación, y a veces una infidelidad que obliga a mirar de frente algo que se había evitado durante mucho tiempo.
Si algo merece quedar claro después de este recorrido es que ninguna de estas experiencias —el matrimonio de conveniencia, el cansancio de los veinte años, la infidelidad, el divorcio después de los 50— es motivo de vergüenza ni una anomalía. Son, todas, parte muy común de la vida en pareja de larga duración, más común de lo que el silencio social alrededor de ellas deja suponer. Nombrarlas con seriedad, en vez de solo susurrarlas, es un primer paso hacia decisiones —se queden o se vayan— que finalmente sean propios.
Notas y referencias
- Brown, S. L., & Lin, I-F. (2024). Marriage Duration at Time of Gray Divorce. Family Profiles, National Center for Family & Marriage Research, Bowling Green State University.
- Brown, S. L., & Lin, I-F. The Gray Divorce Revolution. National Center for Family & Marriage Research, Bowling Green State University.
- Perel, E. (2017). El dilema de la pareja (The State of Affairs: Rethinking Infidelity). HarperCollins.
- Instituto de la Familia, España. Datos sobre prevalencia de infidelidad reportados en medios especializados en terapia de pareja.
- Huneeus, S. Matrimonio y estrategias de alianza entre familias de la elite económica chilena. Universidad de Chile, Facultad de Ciencias Sociales.
- Estudio transcultural de la satisfacción marital en parejas españolas y dominicanas. Universidad de Salamanca (Gredos, repositorio institucional).
- Estudios sobre satisfacción marital y variables asociadas en parejas españolas. Universidad de Salamanca (Gredos, repositorio institucional).
- Kimble (2002); Pick y Andrade (1988); Rivera y Heresi (2011), citados en: Grado de Satisfacción Marital en relación a factores sociodemográficos. Revista Digital Internacional de Psicología y Ciencia Social.
- Johnson, S. Terapia Focalizada en las Emociones (Emotionally Focused Therapy) — tasas de recuperación reportadas en literatura clínica de terapia de pareja.
- Gottman, J. Método Gottman de terapia de pareja — duración típica reportada del proceso de reconstrucción de confianza tras una infidelidad.

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