Compañera
Compañera
Aprendí a poner dos tazas
y a beber solo de una.
La otra espera, no por él,
sino porque así aprendí la mañana.
La soledad no llegó como enemiga:
llegó despacio, se sentó a mi mesa,
y con el tiempo le presté una silla,
luego un nombre, luego costumbre.
No es que no ame —
es que ese amor no cabe en otro cuerpo.
Se quedó donde se quedó,
intacto, sin sucesor posible,
como esas palabras que uno guarda
no para repetirlas, sino para saber
que fueron dichas.
Escribo por las tardes,
no para llenar lo vacío
—eso ya lo llena la costumbre—
sino porque en la letra
la soledad se vuelve oficio,
el recuerdo se vuelve forma,
y lo que no puede repetirse
al menos puede nombrarse.
Y aun así, algo en mí no cierra la puerta:
sé que el mañana no viene a reemplazar nada,
viene a sumarse, como luz que no borra
la que ya hubo, sino que abre otra ventana.
No busco quien llene la silla vacía,
busco seguir creciendo en lo que soy,
y si algo nuevo llega algún día,
que me encuentre entera, no a medio hacer, hoy.
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