9/14/26

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Mi Silencio

Mi silencio

Mi silencio no es olvido.

Es este modo de esperarte
sin preguntar por tu regreso,
sin llamar a la puerta
que un día cerraste.

Hay tardes en que tu recuerdo
camina conmigo por la calle,
como una sombra antigua
que conoce el camino.

No te nombro.

Pero cuando cae la tarde
y el mundo se queda quieto,
algo en mí vuelve hacia ti.

Quizá amar sea esto:
guardar una voz
que ya no se pronuncia
y seguir escuchándola
en lo más hondo del silencio.

Para ti



Has leído mis versos con esa duda antigua,
esa pregunta que no te atreves a decir entera:
¿seré yo ese nombre que no nombras,
esa sombra dulce que camina tus poemas?

Sí. Es para ti.
No hay otro rostro detrás de estas palabras,
no hay un amor prestado ni inventado
para llenar el hueco de una hoja en blanco.
Cada verso que escribí en silencio
tenía tu nombre escondido entre las letras,
aunque no lo dijera, aunque lo disfrazara
de mar, de luz, de pan, de amor.

Cuando hablé de tormentas, eras tú quien pasaba.
Cuando escribí "lo simple", pensaba en tus manos.
Cuando dije "esperé", no esperaba a cualquiera:
te esperaba a ti, con nombre y con historia.

No busques en mis páginas a otro hombre.
No hay otro. Nunca lo hubo, en realidad,
mientras yo escribía estas confesiones
que ahora tú sostienes, y por fin comprendes.

Sí, es para ti este amor hecho palabra,
esta obra construida con pedazos,
esta soledad que un día fue mi casa
y que tú, sin saberlo, ibas llenando.

Así que no dudes más cuando me leas.
Cuando digo "amado", cuando digo "tuyo",
cuando el poema tiembla y se hace tierno,
es tu nombre el que respira detrás del mío.

Sí. Siempre fuiste tú.



Ser poeta



No hace falta ser erudito para ser poeta.
No hace falta saber de métricas ni de escuelas,
ni citar a los griegos, ni pesar cada verso
en la balanza fría de los que ya murieron.
Basta con mirar de frente lo que se ama
y decir, sin miedo, lo que uno ve.

Yo, por ejemplo, podría decir que eres
la luz que entra primero por la ventana,
esa que no pide permiso, que simplemente llega
y ya cambia el color de todo lo que toca.

Podría decir que eres el café de las mañanas lentas,
tibio, necesario, la razón pequeña
por la que vale la pena levantarse.

Podría decir que eres como el mar en calma:
no el que asusta con su fuerza,
sino el que uno mira y respira hondo,
y de pronto todo pesa menos.

Podría decir que eres la primera estrella,
esa que aparece cuando aún hay luz
y por eso mismo es más valiente,
porque brilla sin que nadie la note todavía.

Podría compararte con el pan recién hecho,
con la lluvia que se espera en el verano,
con la página en blanco antes de escribir,
llena de todo lo que puede ser.

Y no necesito más letras que estas,
no necesito Homero ni Neruda prestado:
me basta mi propia torpeza sincera,
mi manera simple de nombrar lo amado.

Porque el verdadero poema no está en saber,
está en atreverse.
Y yo me atrevo a decir, sin adornos de escuela,
que tú eres, sencillamente,
lo más hermoso que han visto mis palabras.

Amar lo Simple



No pido ya los grandes incendios,
ni el rayo que parte el cielo en dos.
Pido el pan tibio sobre la mesa,
Una luz encendida cuando cae la tarde,
el silencio que no asusta, sino acompaña.

He amado tormentas. Ya no las busco.
Amo ahora el vaso de agua junto a la cama,
el abrigo que huele a los días idos,
el paso lento de quien ya no tiene prisa
porque ha entendido que la vida
no estaba en la cima, sino en el camino.

Amo el humo delgado que sube de un techo lejano
y dice: alguien vive, alguien espera, alguien calienta su casa.
Amo la lluvia,
cuando cae y hace ruido sobre lo que un día dolió.

No quiero ya la gloria de amar como incendio.
Quiero la fidelidad pequeña de las cosas:
la silla que me espera siempre en el mismo sitio,
el cuaderno abierto, la costumbre de escribir,
el pájaro que vuelve, no porque lo llame,
sino porque también él ha aprendido a quedarse.

Dios no vive en el trueno.
Vive, creo, en esto:
en la mano que sirve el café sin prisa,
en el reloj que no corre, que acompaña,
en la certeza humilde de que basta
con haber amado una vez, de verdad,
las cosas simples que nadie ve.

Que se queden para otros las hazañas.
A mí que me dejen la ventana,
la luz de la mañana sobre el suelo,
y éste cansancio dulce de estar viva,
que también, a su modo, es una forma
—la más honesta— de amar.

Rosibel Artavia.


Mosaico




Mosaico

Todo amor verdadero comienza en ruina:
alguien rompe algo, y de los pedazos
nace la pregunta de qué hacer con ellos.
Yo no lloré los fragmentos —los recogí.

Cada trozo tiene el filo de lo que fue:
una tarde, una promesa, un nombre dicho
con la boca llena de futuro.
Nada de eso se salva entero.
Y sin embargo: nada de eso se pierde.

Porque el mosaico no oculta la fractura,
la exhibe, la convierte en diseño,
hace de la grieta el lugar exacto
donde la luz decide entrar.

¿Qué es amar sino esto?
Tomar lo que el tiempo quebró
y decir: aquí, precisamente aquí,
irá esta pieza, y no en otro lugar,
porque este dolor tiene la forma
que ningún otro dolor tendría.

No busco recomponer lo que era.
Eso sería debilidad, nostalgia de esclavo,
querer que el jarrón vuelva a ser jarrón.
Yo hago otra cosa con mis manos:
un suelo nuevo, que se camina,
que sostiene peso, que no fue no,
que nunca dice "hubiera sido".

Amén a la ruptura, entonces.
Amén al amor que no volvió intacto
sino convertido en materia dura,
en color fijado con paciencia,
en algo que se pisa y no se quiebra.

Y hoy declaro: con los pedazos de tu amor
hice una obra que tú nunca imaginaste.
Donde tú viste ruina, yo vi materia prima;
donde tú viste pérdida, yo vi comienzo.
No te devuelvo el amor que rompiste
te muestro en qué se convirtió:
en algo que supera al amor mismo,
porque el amor se acaba, y ésto queda.

Yo, artesana de mis propios pedazos,
afirmo cada uno: éste

por su brillo,
aquel por su dolor, el otro por su forma
imposible de repetir en otra vida.

Y digo sí. No a pesar de la ruina —
por causa de ella.
Porque solo quien ha roto algo entero
sabe construir algo eterno.

Confesiones



Te he esperado en el modo lento de las tardes,
contando las horas como quien cuenta estrellas,
creyendo que el viento traería tu nombre,
que la puerta se abriría con tus pasos en ella.

Confieso que hubo días de dulce certeza,
en que el corazón, ciego, tejía tu vuelta,
bordaba tu voz en cada silencio,
te inventaba en la sombra que la noche despierta.

Y luego vino el golpe de no verte llegar,
la decepción vestida de tarde sin sol,
esa forma de espera que ya no espera nada
y sin embargo espera, terca, sin razón.

Lloré, lo confieso, con llanto de mujer antigua,
de esas que aman hondo y en silencio se consumen,
que guardan cada carta, cada palabra tuya,
como quien guarda brasas bajo la costumbre.

Tuve miedo también —miedo de olvidarte,
miedo más grande aún de no olvidarte nunca,
miedo de que mi cuerpo aprendiera otro nombre
y el alma, terca, siguiera siendo tuya.

Hoy ya no aguardo el ruido de tu llegada,
no porque duela menos, sino porque he aprendido
que hay amores que viven mejor en la memoria,
como flores que no mueren si no se han cortado.

Me quedo, pues, serena, con mi resignación,
no de quien pierde, sino de quien ha comprendido:
que amarte fue verdad, aunque no fue destino,
y que hay ternuras que no necesitan regreso.

Compañera



Compañera 

Aprendí a poner dos tazas
y a beber solo de una.
La otra espera, no por él,
sino porque así aprendí la mañana.

La soledad no llegó como enemiga:
llegó despacio, se sentó a mi mesa,
y con el tiempo le presté una silla,
luego un nombre, luego costumbre.

No es que no ame —
es que ese amor no cabe en otro cuerpo.
Se quedó donde se quedó,
intacto, sin sucesor posible,
como esas palabras que uno guarda
no para repetirlas, sino para saber
que fueron dichas.

Escribo por las tardes,
no para llenar lo vacío
—eso ya lo llena la costumbre—
sino porque en la letra
la soledad se vuelve oficio,
el recuerdo se vuelve forma,
y lo que no puede repetirse
al menos puede nombrarse.

Y aun así, algo en mí no cierra la puerta:
sé que el mañana no viene a reemplazar nada,
viene a sumarse, como luz que no borra
la que ya hubo, sino que abre otra ventana.
No busco quien llene la silla vacía,
busco seguir creciendo en lo que soy,
y si algo nuevo llega algún día,
que me encuentre entera, no a medio hacer, hoy.

Memorias

Hay un pasar del tiempo que no se mide en horas, sino en la espera de un mensaje que no llega, en ese hueco que dejan las palabras no dichas...