Confesiones



Te he esperado en el modo lento de las tardes,
contando las horas como quien cuenta estrellas,
creyendo que el viento traería tu nombre,
que la puerta se abriría con tus pasos en ella.

Confieso que hubo días de dulce certeza,
en que el corazón, ciego, tejía tu vuelta,
bordaba tu voz en cada silencio,
te inventaba en la sombra que la noche despierta.

Y luego vino el golpe de no verte llegar,
la decepción vestida de tarde sin sol,
esa forma de espera que ya no espera nada
y sin embargo espera, terca, sin razón.

Lloré, lo confieso, con llanto de mujer antigua,
de esas que aman hondo y en silencio se consumen,
que guardan cada carta, cada palabra tuya,
como quien guarda brasas bajo la costumbre.

Tuve miedo también —miedo de olvidarte,
miedo más grande aún de no olvidarte nunca,
miedo de que mi cuerpo aprendiera otro nombre
y el alma, terca, siguiera siendo tuya.

Hoy ya no aguardo el ruido de tu llegada,
no porque duela menos, sino porque he aprendido
que hay amores que viven mejor en la memoria,
como flores que no mueren si no se han cortado.

Me quedo, pues, serena, con mi resignación,
no de quien pierde, sino de quien ha comprendido:
que amarte fue verdad, aunque no fue destino,
y que hay ternuras que no necesitan regreso.

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