9/14/26

Amar lo Simple



No pido ya los grandes incendios,
ni el rayo que parte el cielo en dos.
Pido el pan tibio sobre la mesa,
Una luz encendida cuando cae la tarde,
el silencio que no asusta, sino acompaña.

He amado tormentas. Ya no las busco.
Amo ahora el vaso de agua junto a la cama,
el abrigo que huele a los días idos,
el paso lento de quien ya no tiene prisa
porque ha entendido que la vida
no estaba en la cima, sino en el camino.

Amo el humo delgado que sube de un techo lejano
y dice: alguien vive, alguien espera, alguien calienta su casa.
Amo la lluvia,
cuando cae y hace ruido sobre lo que un día dolió.

No quiero ya la gloria de amar como incendio.
Quiero la fidelidad pequeña de las cosas:
la silla que me espera siempre en el mismo sitio,
el cuaderno abierto, la costumbre de escribir,
el pájaro que vuelve, no porque lo llame,
sino porque también él ha aprendido a quedarse.

Dios no vive en el trueno.
Vive, creo, en esto:
en la mano que sirve el café sin prisa,
en el reloj que no corre, que acompaña,
en la certeza humilde de que basta
con haber amado una vez, de verdad,
las cosas simples que nadie ve.

Que se queden para otros las hazañas.
A mí que me dejen la ventana,
la luz de la mañana sobre el suelo,
y éste cansancio dulce de estar viva,
que también, a su modo, es una forma
—la más honesta— de amar.

Rosibel Artavia.


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