Hay un pasar del tiempo que no se mide en horas,
sino en la espera de un mensaje que no llega,
en ese hueco que dejan las palabras no dichas
y que el silencio, paciente, va llenando.
Recuerdo entonces —como quien recuerda un olor,
tu perfume
que devuelve toda una juventud—
la lluvia en la ventana de aquella tarde,
el cristal empañado por mi propio aliento,
y detrás, borroso, el mundo que seguía girando
mientras yo me quedaba quieta, esperándote.
Mi corazón dormido no lo sabía entonces:
que basta una imagen, un olor, un sonido cualquiera,
para que todo el pasado regrese de golpe,
intacto, como si el tiempo no hubiera pasado.
Y en esa memoria que se abre como un abanico,
veo las hadas caminando en círculos de luz,
tan irreales como el amor que te tuve,
tan ciertas como el recuerdo que insiste en quedarse.
Todo vuelve: la lluvia, el silencio, la espera,
y sobre todo vuelve una leve sonrisa,
la tuya, suspendida en el aire de aquel cuarto,
que el tiempo no ha logrado borrar,
por más que pasen los años,
por más mensajes que nunca lleguen.