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Debajo de la cama

Debajo de la cama

Cuando Valeria Chaves firmó el contrato de alquiler, la dueña del edificio —una señora mayor, de manos huesudas y un perfume anticuado a violetas— le dijo algo que en ese momento le pareció solo un comentario de cortesía:

—Es un edificio viejo, mija. De antes de 1950. Aquí en Aranjuez casi todo lo es. Los pisos de madera a veces truenan de noche. No se asuste.

Valeria no se asustó. Al contrario, eso era justo lo que había buscado al mudarse a ese barrio de casas centenarias y calles arboladas: algo con carácter, algo distinto a los apartamentos de vidrio y aluminio del resto de la ciudad. El suyo era el segundo piso de una casona dividida en tres apartamentos, con cielos altos, molduras de yeso descascaradas y un piso de madera que, en efecto, crujía con cada paso, como si la casa entera respirara bajo sus pies.

Las primeras dos semanas fueron tranquilas. Los crujidos de la madera se volvieron parte del ruido de fondo, tan familiares como el tráfico distante de la avenida o el ladrido de algún perro en la noche. Fue la tercera semana cuando empezaron los otros sonidos.

Al principio eran pasos. No pasos fuertes, sino algo más liviano, casi arrastrado, que recorría el pasillo del apartamento entre la una y las tres de la madrugada. Valeria, que dormía sola desde su separación, se decía a sí misma que era la casa vieja acomodándose, la madera dilatándose con el frío nocturno de febrero. Pero los pasos no sonaban de manera aleatoria. Tenían un patrón: del pasillo a la cocina, de la cocina a la puerta de su cuarto, y ahí se detenían.

A la cuarta semana, el patrón cambió. Una noche, mientras leía en la cama con la lámpara del buró todavía encendida, escuchó algo rodar por el piso del pasillo. Un sonido pequeño, redondo, metódico: tac… tac… tac…, como una canica de vidrio golpeando las juntas de las tablas de madera en su camino. El sonido avanzó, lento pero decidido, hasta la puerta de su cuarto, se detuvo un instante —como si algo, del otro lado, midiera la distancia— y luego siguió, ahora más cerca, ahora dentro de la habitación, hasta perderse exactamente debajo de su cama.

Valeria se quedó paralizada, con el libro todavía abierto sobre el pecho, escuchando el silencio que siguió. No hubo ningún otro ruido esa noche. Cuando por fin reunió el valor para asomarse debajo de la cama, media hora después, con el celular como linterna y el pulso latiéndole en los oídos, no encontró nada. Ni canica, ni polvo removido, ni rastro de que algo hubiera pasado por ahí.

Se dijo que había sido un sueño a medio camino de la vigilia. Pero durmió esa noche —y las siguientes— con la luz del pasillo encendida.


La quinta semana, los sonidos se volvieron peores, y Valeria empezó a entender, con una certeza que crecía más rápido de lo que su razón podía contenerla, que aquello no eran ni cañerías, ni la casa acomodándose, ni ratones en las paredes, como le había dicho por teléfono la dueña con una voz que a Valeria le pareció, ya en retrospectiva, demasiado apurada por colgar.

La canica volvió a rodar, casi cada noche, siempre por el mismo camino, siempre deteniéndose bajo la cama. Pero ahora, después de un rato de silencio, algo más se agregaba: un olor. Un olor a tierra húmeda y a algo dulzón por debajo, como flores que llevan demasiados días en el agua de un florero, que se filtraba desde el piso justo cuando el silencio se hacía más denso.

Y una noche —la que Valeria recordaría, si es que le quedó tiempo de recordar algo, como el verdadero comienzo del fin— después de la canica, después del olor, llegaron los golpes.

Tres golpes secos, espaciados con una regularidad que no tenía nada de mecánico ni de casual, viniendo directamente de debajo del colchón, tan cerca de su cuerpo que Valeria sintió la vibración subirle por el somier hasta la espalda.

Toc.

Toc.

Toc.

No era el ruido de algo que empujaba para salir. Era, entendió Valeria con un terror que le heló hasta la respiración, el ruido de alguien tocando una puerta. Alguien que esperaba, con paciencia casi cortés, a que le dieran permiso de entrar.

Ella no contestó. Se quedó inmóvil, con la respiración contenida, escuchando cómo el silencio después de los tres golpes se estiraba, se estiraba, como si algo, debajo de ella, estuviera esperando una respuesta que tarde o temprano llegaría, porque siempre llega, porque el cuerpo humano no puede sostener la inmovilidad para siempre, y en algún momento, sin que ella lo decidiera del todo, un suspiro tembloroso se le escapó del pecho.

Y eso fue suficiente.

Los tres golpes se repitieron, esta vez más fuertes, más impacientes, y el colchón entero vibró con ellos. Valeria saltó de la cama y corrió hacia el interruptor de luz, pero cuando la luz se encendió, lo que vio no le trajo ningún alivio: una mancha de humedad oscura, con forma vagamente ovalada, se había extendido sobre el piso de madera exactamente donde debía estar debajo de su cama, y de esa mancha subía, ahora sin ninguna sutileza, el mismo olor dulzón a flores podridas que llevaba semanas oliendo por partes.

Esa noche llamó a su hermana, histérica, y durmió —o intentó dormir— en el sofá de la sala con todas las luces encendidas. A la mañana siguiente, cuando se armó de valor para mover la cama y revisar el piso, no encontró ninguna mancha. Ninguna humedad. Solo la madera vieja de siempre, seca, con las mismas vetas de siempre.

Fue entonces cuando decidió investigar, en lugar de seguir fingiendo que podía ignorarlo.


Lo que encontró en los archivos digitales de un periódico local, tras horas de búsqueda con términos cada vez más específicos, fue una nota breve de 1994: una mujer, inquilina de ese mismo apartamento —el mismo número, la misma dirección exacta en Aranjuez—, había sido encontrada muerta en su cuarto después de que los vecinos reportaran, durante semanas, ruidos extraños provenientes de la unidad. La causa de muerte, según la nota, nunca quedó clara. El cuerpo, decía el artículo con esa frialdad periodística que a veces oculta más de lo que revela, fue hallado parcialmente debajo de la cama, "en una posición que los investigadores no lograron explicar".

Valeria leyó la nota tres veces, sintiendo que el frío que le subía por los brazos no tenía nada que ver con el clima de febrero. Debajo de la foto en blanco y negro del edificio —reconocible, a pesar de los años, por la misma fachada colonial, las mismas ventanas de guillotina— había un nombre: Georgina Retana Ulloa, 34 años.

Esa noche, Valeria decidió que no dormiría en el apartamento. Hizo una maleta pequeña, con lo esencial, decidida a pasar la noche donde su hermana y resolver el resto —el contrato, la mudanza, la dueña con su perfume a violetas— al día siguiente, con luz de día y la cabeza más clara.

Pero cuando fue a buscar las llaves del carro, que siempre dejaba sobre el buró junto a la cama, no las encontró.

Y mientras buscaba, arrodillada, pasando la mano por debajo del colchón con la esperanza de que se le hubieran caído ahí, sintió que algo, muy cerca de sus dedos, en la oscuridad que ni su celular alcanzaba a iluminar del todo, empezaba a moverse hacia ella.

No llegó a gritar.

Los vecinos del primer piso reportaron, esa madrugada, tres golpes secos que vinieron del techo, justo debajo del dormitorio de Valeria, seguidos de un silencio tan completo que uno de ellos, incapaz de volver a dormir, se quedó despierto hasta el amanecer, mirando fijamente su propio techo, preguntándose por qué, de repente, aquellos golpes le habían sonado exactamente como alguien pidiendo, con toda cortesía, que le abrieran la puerta.

Valeria Chaves fue reportada como desaparecida cuatro días después. Su hermana, la única que insistió en que algo no estaba bien, fue quien encontró, debajo de la cama vacía del apartamento, una sola canica de vidrio azul, todavía tibia al tacto, como si alguien —o algo— la hubiera estado sosteniendo apenas un momento antes.

La dueña del edificio, cuando le preguntaron, solo repitió lo que ya le había dicho a Valeria el primer día, con esa misma voz apurada por colgar:

—Es un edificio viejo, mija. De antes de 1950. Aquí en Aranjuez casi todo lo es.

Y no volvió a alquilar ese apartamento nunca más. O al menos, eso fue lo que dijo.

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