En Guanacaste, hace ya muchas décadas, en una finca rodeada de árboles frondosos donde vivía la abuela de esta mujer que hoy cuenta la historia, los servicios sanitarios no estaban dentro de la casa, sino afuera, en una construcción de hueco bastante alejada, rodeada de monte y árboles grandes que por las tardes empezaban a mecerse con ese viento tibio y pesado tan típico de la región.
Ella era apenas una niña entonces, quizás de unos ocho o nueve años, y esa tarde le agarraron ganas de ir al baño justo cuando el sol ya se estaba escondiendo detrás de los cerros, dejando ese color naranja quemado que anuncia la llegada de la noche guanacasteca. Les pidió a sus hermanos que la acompañaran, como era la costumbre entre los niños de la casa, porque nadie quería ir solo a esas horas hasta el fondo del patio. Pero esa vez, ninguno quiso moverse del corredor. Así que ella tuvo que ir sola, apurando el paso entre las sombras que ya se alargaban sobre la tierra.
Hizo sus necesidades rápido, con esa prisa nerviosa de quien no quiere quedarse ni un segundo más de lo necesario en ese lugar. Al salir, cerrando la puertita de madera del servicio, escuchó un crujido entre las ramas de uno de los árboles cercanos, un sonido seco, como de algo pesado moviéndose entre el follaje.
Volteó.
Y ahí, colgada de una rama al revés, con los pies hacia arriba como se cuelgan los murciélagos, estaba una criatura del tamaño aproximado de ella misma. Vestía algo parecido a un traje ajustado de colores vivos y llamativos, casi como de payaso o de duende de cuento, pero que en ese momento no tenía nada de gracioso. En los pies, de donde colgaba, llevaba unos zapatos que terminaban en punta, curvados hacia arriba, como los de los personajes de los cuentos antiguos.
Pero lo que la dejó completamente paralizada fue la cara. Una cara espantosa, arrugada y desproporcionada, con una expresión que no era de este mundo. Y de esa boca colgaba una lengua larga, delgada y flexible, que se mecía en el aire como la de una serpiente, casi tocando el suelo.
La niña no pudo moverse. No pudo gritar. Se quedó ahí, paralizada, con los ojos clavados en esa criatura que colgaba inmóvil frente a ella, mirándola también, como esperando a ver qué hacía.
Los segundos se sintieron eternos hasta que, de golpe, el alma le volvió al cuerpo. Soltó un grito que se escuchó por toda la finca y salió corriendo con todas sus fuerzas hacia la casa, tropezando entre la maleza, sin atreverse a mirar hacia atrás.
Cuando llegó, temblando y sin poder hablar bien, su familia salió a ver qué pasaba, pero para cuando alguien se animó a acercarse con un candil hasta los árboles, ya no había nada. Ni rastro de la criatura, ni una rama moviéndose.
Con los años, ya de adulta, ella pensaba en esa criatura y llegaba siempre a la misma conclusión: que lo que vio esa tarde era algún tipo de duende de los que tanto se contaban en el Guanacaste antiguo, esos seres que habitan los árboles y el monte, y que solo se dejan ver por quienes andan solos cuando ya está oscureciendo. Nunca volvió a ir sola a ese baño después de esa tarde, y nunca dejó de contar esa historia con la misma cara de espanto de aquella niña de ocho años.
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