En los años ochenta, en Río Frío, uno de esos pueblos bananeros de Sarapiquí donde las plantaciones se tragaban el horizonte y las noches caían negras y espesas por la falta de luz eléctrica en muchas casas, vivía una familia dedicada al trabajo en las fincas, como casi todos por esa zona. La casa era de cemento, con ventanas de madera, con dos cuartos donde dormía su familia numerosa, te encima de la puerta principal, como era costumbre en muchas casas de la región, había una ventanita pequeña, más para ventilar que para ver, que daba directo aa la entrada de la casa.
El hijo mayor, un muchacho de unos diecinueve años llamado Rigoberto, tenía fama de "andariego". Le encantaban los turnos —esos bailes improvisados que se armaban los fines de semana en cualquier salón o cancha techada de Río Frío, con equipo de sonido prestado y luces de colores hechizas—. Salía casi todos los sábados y volvía ya entrada la madrugada, cuando el gallo ni siquiera pensaba en cantar.
Su madre, doña Eulalia, se lo advertía siempre: "Ese vicio de andar en la noche no trae nada bueno, m'ijo. La noche tiene dueño, y en este pueblo más." Pero Rigoberto se reía y le contestaba que él no le tenía miedo a nada ni a nadie, que esas eran creencias de gente vieja. Aun así, doña Eulalia dejaba la puerta entrecerrada esas noches para que su hijo pudiera entrar sin golpear y despertar a los hermanos menores.
Aquella noche en particular, Rigoberto llegó como siempre, con los zapatos llenos de barro por el camino de tierra que bajaba desde la cancha hasta la casa. Entró despacio, cerró la puerta tras de sí y se sentó en el viejo sillón de mimbre que estaba justo debajo de la ventanita, dispuesto a quitarse los zapatos antes de irse a dormir.
Fue entonces cuando sintió esa sensación que conocen bien quienes han crecido en el campo: la certeza física, casi animal, de que algo lo observaba. Levantó la vista hacia la ventana pequeña sobre la puerta.
Y ahí estaba. Un rostro. Pero no un rostro cualquiera: parecía estar recostado sobre el techo mirando hacia abajo, hacia adentro, con una expresión que Rigoberto nunca pudo —o nunca quiso— describir del todo. Solo decía que los ojos no eran ojos normales, y que la piel no parecía piel.
Los gritos que soltó despertaron a toda la casa y probablemente a media vecindad de Río Frío. Doña Eulalia salió del cuarto como alma que lleva el diablo y encontró a su hijo con los ojos cerrados con fuerza, como si temiera volver a abrirlos, gritando sin parar, sin responder a su nombre, sin reconocer a nadie.
Nadie durmió esa noche. Doña Eulalia corrió descalza hasta la casa de una vecina, conocida en el pueblo por guardar remedios caseros y algún frasco de gotas para los nervios que el médico de la zona le recetaba a quien lo necesitara —porque hasta la clinica quedaba lejos para buscar ayuda a esas horas—. Le dieron algo a Rigoberto para calmarlo, pero aún dormido se removía y murmuraba cosas que nadie entendía.
Al día siguiente no quiso hablar. Ni al otro. Pasaron varios días de silencio, un silencio que a la familia le pareció más inquietante que los gritos mismos. Y por supuesto, ni una sola noche más volvió a salir a un turno.
Cuando finalmente contó lo que había visto, lo hizo en voz baja, casi avergonzado, como quien confiesa algo prohibido. Describió el rostro sobre la ventana con detalles que a doña Eulalia se le quedaron grabados para siempre. Después de esa vez, no volvió a hablar del tema con gusto. Con los años, cuando alguien se lo recordaba en alguna reunión familiar, Rigoberto fruncía el ceño y decía que todo había sido un invento, que él no vio nada, que estaba borracho esa noche y se asustó con su propia sombra.
Pero en esa casa de Río Frío, nadie —ni su madre, ni sus hermanos— dudó jamás de que algo, aquella madrugada, había estado mirando hacia adentro.
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