La escoba al revés
Esta es una historia que me contó mi madre. Ella tiene noventa años, y jura, con la misma seguridad con la que jura cualquier otra cosa de su vida, que todo lo que va a leer aquí ocurrió de verdad, hace ya casi ochenta años, en un rancho de Guanacaste, cuando ella era apenas una niña.
Mi madre debía tener unos siete u ocho años cuando empezaron las noches malas en la casa de adobe donde vivía con su mamá —mi abuela— y mi bisabuela Martina, una mujer de esas que ya no se hacen: de manos curtidas de tanto trabajar la tierra, de voz firme, y de una fe que no le temblaba ni ante el más oscuro de los espantos. En el pueblo se decía que Martina no le tenía miedo a ningún espectro del infierno, y no era un decir: lo había demostrado más de una vez, según contaban los vecinos, aunque ninguna historia se les quedó tan grabada como la que voy a contar.
Todo empezó de a poco, como empiezan siempre estas cosas. Ruidos en el techo de zinc que nadie sabía explicar. El ganado inquieto en el potrero, mugiendo de madrugada sin ninguna razón. Los perros, que de pronto dejaban de ladrar justo antes de la medianoche, como si algo les cerrara el hocico de puro miedo, y se metían debajo de la casa a temblar hasta el amanecer.
Y luego, empezó lo de mi abuela.
Cada cierta noche, siempre después de que el candil se apagaba, mi abuela se despertaba sintiendo un peso enorme sobre el pecho, como si alguien —o algo— se le hubiera sentado encima mientras dormía. No podía moverse. No podía gritar. Solo podía sentir cómo unas manos que no se veían del todo, pero que se adivinaban en la sombra que se proyectaba contra la pared de adobe, se le cerraban alrededor del cuello, apretando, apretando, mientras ella luchaba por respirar y no lograba sacar ni un solo sonido de la garganta.
Mi madre, que dormía en un catre al otro lado del cuarto, fue quien lo vio con sus propios ojos la noche que las cosas llegaron a su peor punto.
Se despertó, decía ella, no por un ruido sino por algo peor: por el silencio raro que había en el cuarto, un silencio que no era normal, como si el aire mismo se hubiera puesto pesado. Cuando abrió los ojos, vio, contra la pared encalada, iluminada apenas por la luna que entraba por la ventana sin cortina, la sombra de una figura encorvada, con las manos extendidas hacia el catre donde dormía su madre, y esas manos —la sombra de esas manos— se cerraban una y otra vez alrededor de un cuello que en la pared no se veía, pero que en la cama sí: el de mi abuela, con los ojos abiertos como platos, la boca abierta en un grito que no le salía, el cuerpo entero rígido como si estuviera clavada a la cama.
Mi madre, paralizada de terror en su catre, cuenta que lo único que su madre pudo hacer, sin poder mover ni un músculo del cuerpo, fue girar los ojos hacia ella y, con la poca fuerza que le quedaba en la mano derecha, hacer, despacio, temblorosa, la señal de la cruz sobre su propio pecho. Una y otra vez. Como si con eso le estuviera diciendo, sin poder hablar: "Rezá, m'hija. Rezá por mí, porque yo ya no puedo."
Mi madre, sin saber muy bien qué otra cosa hacer, aparte de temblar, empezó a rezar el Padre Nuestro en voz baja, entre lágrimas, mientras la sombra en la pared seguía apretando.
Fue en ese momento —y esto mi madre lo cuenta siempre con la voz un poco más baja, como si todavía le costara— que la puerta del cuarto se abrió de golpe.
Mi bisabuela Martina había sentido algo raro desde su propio cuarto, al otro lado del corredor —decía que llevaba días sintiendo esa pesadez en el aire, esa que solo reconocen los que ya han peleado antes contra estas cosas—, y entró sin pedir permiso, con el candil en una mano y, en la otra, la escoba de ramas que siempre dejaba parada junto a la puerta de la cocina.
No perdió el tiempo en preguntar qué pasaba. Ya lo sabía. Levantó la escoba, la volteó con las cerdas hacia arriba y el palo hacia abajo —al revés de como se usa siempre para barrer, porque así, decía la gente antigua de Guanacaste, es como se le corta el poder a un espanto y se le impide escapar— y la puso, con todo el peso de su cuerpo, sobre la sombra que seguía aferrada al cuello de mi abuela.
Lo que pasó después, mi madre lo cuenta siempre igual, palabra por palabra, como si con los años esa parte de la historia se le hubiera grabado tan hondo que ya no pudiera contarla de otra manera.
La sombra en la pared se retorció de una forma que ningún cuerpo humano puede retorcerse, como si algo, del otro lado, estuviera atrapado y luchando por zafarse de un peso que no lograba entender. Mi abuela, liberada de golpe del cuello, se sentó en la cama tosiendo, buscando aire con desesperación, mientras la cosa —fuera lo que fuera lo que había estado ahorcándola— empezó a chillar, un chillido agudo, animal, que no se parecía a ningún grito humano ni a ningún grito de bestia que mi madre hubiera escuchado antes ni después en su vida.
Y entonces, delante de las tres, la forma encorvada que se había estado retorciendo bajo la escoba se deshizo, como quien se quita un vestido de sombra, y en su lugar apareció una chancha enorme, más grande que cualquier cerda que hubieran visto jamás en la finca, de ojos pequeños y brillantes que, según juraba mi madre, tenían algo profundamente humano en la mirada, algo que no correspondía a ningún animal.
La chancha salió disparada, tirando al piso todo lo que encontró a su paso, directo hacia la puerta de la cocina, que en el forcejeo había quedado abierta.
Mi bisabuela Martina, sin pensarlo dos veces, dejó tirada la escoba, agarró el machete que siempre tenía colgado junto a la puerta —para la finca, para el monte, para lo que hiciera falta— y salió corriendo detrás del animal, descalza, en camisón, gritándole cosas que mi madre nunca pudo repetir del todo bien porque no las entendió en ese momento, palabras mitad en español mitad en algo más viejo, mitad rezo y mitad amenaza.
Alcanzó a la chancha ya cerca del cerco del potrero, bajo la luz de una luna que, decía mi madre, esa noche estaba especialmente llena y especialmente blanca, como si hasta ella quisiera ver bien lo que iba a pasar. Martina levantó el machete y le tiró un solo golpe, seco y certero, que le abrió a la bestia un tajo profundo a lo largo del lomo, desde el cuello casi hasta la cola.
La chancha soltó un alarido que, según mi madre, no sonó ni un segundo a animal, sino a mujer, a una mujer gritando de un dolor que le venía de mucho más adentro que la simple carne cortada, y siguió corriendo, ahora cojeando, hasta perderse en la oscuridad del monte, sangrando un rastro oscuro que, al día siguiente, cuando fueron a buscarlo con la luz del sol, ya no encontraron por ninguna parte.
Mi abuela nunca más volvió a sentir aquel peso en el pecho por las noches. Los perros volvieron a ladrar normal. El ganado se calmó.
Pero mi madre cuenta que, algunas semanas después, empezó a correrse la voz por los alrededores de que una mujer del pueblo vecino —una que ya antes tenía fama de rara, de vivir sola, de que nadie la visitaba nunca sin necesidad— había amanecido de repente enferma, guardada en su casa, sin querer recibir a nadie ni dejarse ver por el doctor del pueblo. Y que cuando por fin una vecina, preocupada, se metió a verla sin avisar, la encontró boca abajo en la cama, ardiendo en fiebre, con la espalda descubierta.
Y que en esa espalda, dice mi madre que decía la vecina, había una herida larga, profunda, recién cerrando, que le iba de la nuca hasta más abajo de la cintura.
Nadie en el pueblo volvió a mencionar el asunto en voz alta. Pero mi bisabuela Martina, cada vez que alguien le preguntaba por lo bajo si sabía algo de aquella mujer enferma, solo se persignaba despacio y decía, sin ninguna intención de dar más explicaciones:
—Dios guarde. Eso lo sabe quien lo tenga que saber.
Y ahí se quedó la historia, guardada por casi ochenta años, hasta que mi madre, ya con noventa a cuestas, decidió que ya era hora de que alguien más aparte de ella la conociera.
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