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Sala 0

La sala 0

El doctor Fernando Quirós tenía cincuenta y cinco años y conocía el Hospital San Juan de Dios, como conocía las líneas de su propia mano. Treinta y un años de carrera, la mayoría de ellos entre esos mismos pasillos, le habían enseñado cada atajo, cada escalera que rechinaba, cada ala que se remodelaba cada cierta década sin que el edificio terminara nunca de perder su olor a hospital viejo: una mezcla de alcohol, cloro y algo más de fondo, algo orgánico y dulzón, que ningún desinfectante lograba borrar del todo.

Por eso, cuando esa noche —después de una cirugía de emergencia que se extendió hasta las dos de la madrugada— tomó lo que estaba seguro era el pasillo hacia el ala de cirujanos, y ese pasillo lo llevó a un tramo que no reconocía, sintió, antes que miedo, una irritación profunda. Estaba cansado. Llevaba dieciséis horas de pie. Seguramente había girado donde no debía.

Dio media vuelta para regresar por donde había venido. Pero el pasillo detrás de él ya no era el mismo tampoco: más angosto, con una luz fluorescente más amarillenta, más vieja, parpadeando en un ritmo que Fernando no recordaba de ninguna otra parte del hospital. Las puertas a los lados no tenían los números de las habitaciones que él conocía. Tenían, en cambio, placas metálicas oxidadas con números que parecían pertenecer a un sistema de numeración distinto, más antiguo, como si aquella sección hubiera sido clausurada y olvidada mucho antes de que él llegara a trabajar ahí.

Sacó el teléfono para llamar a la enfermería. No había señal. Ni una sola barra.

—Debe ser el sótano de mantenimiento —se dijo en voz alta, más que nada para escuchar su propia voz y sentirse menos solo—. Alguna ampliación vieja que nunca terminaron de cerrar.

Caminó por el pasillo buscando una salida, una escalera, cualquier cosa familiar, hasta que llegó a una puerta entreabierta al final del corredor. No tenía número. Solo un pequeño cartel de metal, tan oxidado que las letras apenas se distinguían, que decía, si es que Fernando lo leyó bien en esa luz enferma: SALA 0.

Empujó la puerta.

Adentro, la habitación no se parecía a ninguna sala de hospital que hubiera visto en tres décadas de carrera. Tenía una sola cama de metal en el centro, sin sábanas, con el colchón manchado de un color oscuro que Fernando reconoció, con el estómago encogido, como sangre vieja. Las paredes estaban cubiertas de un papel tapiz descolorido, con un patrón de flores que en algún momento debió ser alegre y que ahora, bajo esa luz amarillenta, parecía más bien una infección extendiéndose por la superficie. No había ventanas. El aire olía, con una intensidad que le dio náuseas, a esa mezcla dulzona que llevaba toda la noche persiguiéndolo por los pasillos, solo que aquí, en ese cuarto, no era un resto, era el origen.

Fernando dio un paso atrás, decidido a salir de ahí y encontrar otra ruta, cuando algo se movió en el rincón superior izquierdo de la habitación.

No en el suelo. En la pared.

Una figura, vestida con la bata de hospital que se les da a los pacientes internados, caminaba sobre la superficie vertical de la pared con la misma naturalidad con la que cualquier persona camina sobre el piso, como si para ella la gravedad fuera solo una sugerencia que había decidido, en algún momento, dejar de respetar. Bajaba lentamente, cabeza abajo al principio, luego girando el cuerpo entero en un movimiento que no tenía ninguna articulación reconocible, hasta quedar de pie sobre el suelo, frente a él, como si aquel descenso imposible hubiera sido lo más natural del mundo.

Fernando conocía esa cara. La había visto por última vez hacía casi cuatro años, en la sala de recuperación, con los ojos cerrados y el monitor plano. Don Rigoberto Salas, sesenta y ocho años, cáncer de páncreas. Fernando lo había operado con la certeza —la arrogancia, se permitió pensar ahora, por primera vez en cuatro años— de que la cirugía saldría bien, de que el margen tumoral estaba limpio, de que el hombre tendría al menos un par de años más con su familia. Don Rigoberto había muerto once días después de la operación, séptico, con el cuerpo rindiéndose pieza por pieza, mientras Fernando revisaba resultados de laboratorio que llegaban siempre un poco tarde, siempre un paso detrás de lo que el cuerpo ya estaba haciendo.

—Doctor Quirós —dijo la figura, con una voz que sonaba como si viniera de muy lejos y muy cerca al mismo tiempo, como un eco que llegara antes que el sonido que lo originó—. Qué bueno que por fin encontró el camino.

Fernando quiso hablar, decir el nombre del hombre, disculparse, preguntar cómo era posible, pero lo único que logró fue retroceder un paso más, chocando la espalda contra la puerta que, al girarse a comprobarlo con una desesperación creciente, ya no estaba ahí. En su lugar había solo la misma pared con el papel tapiz de flores enfermas, continua, sin ninguna abertura, como si la habitación se hubiera sellado detrás de él en el instante mismo en que había dejado de mirarla.

—Once días —dijo don Rigoberto, o lo que fuera que llevaba su rostro, acercándose ahora con ese andar quebrado, de articulaciones que se doblaban en direcciones que ningún cuerpo humano vivo podía doblar—. Once días esperando a que usted revisara los resultados a tiempo. Once días sintiendo cómo mi propio cuerpo me traicionaba mientras usted estaba ocupado con otras cirugías, otros pacientes, otra gente a la que también, tarde o temprano, le va a fallar.

—Yo hice todo lo que pude —dijo Fernando, con la voz quebrada, sorprendido de sí mismo, de la necesidad casi infantil de defenderse ante algo que probablemente no era más que su propia mente colapsando después de dieciséis horas sin dormir—. La sepsis no… nadie pudo haber previsto…

—No vine a pedirle explicaciones, doctor —lo interrumpió la figura, y por primera vez algo en su expresión cambió: la boca se estiró en una sonrisa que no tenía ninguna calidez, que parecía más bien el gesto de un músculo facial que ya no recordaba para qué servía sonreír—. Vine a decirle que ya no va a salir de este hospital. No esta noche. Tal vez nunca más, en el sentido en que usted entiende "salir".

La luz fluorescente del techo parpadeó con más violencia, y en cada intervalo de oscuridad, cuando Fernando volvía a ver, la figura estaba más cerca, sin que él la hubiera visto moverse, como fotogramas saltados de una película dañada. En uno de esos parpadeos, la figura ya no caminaba sobre el suelo: había vuelto a subir, esta vez por el techo, colgada boca abajo directamente sobre la cabeza de Fernando, con el rostro de don Rigoberto ahora deformado hacia abajo por la gravedad invertida, la piel colgando en pliegues que dejaban ver, entre las grietas, algo húmedo y oscuro que se movía por debajo, como si el cuerpo entero fuera solo una cáscara mal cosida sobre algo que no tenía ninguna intención de parecer humano.

Fernando cayó de rodillas, cubriéndose la cabeza, sin poder ya distinguir si gritaba o si el sonido que salía de su garganta era apenas un jadeo ahogado. El olor dulzón se había vuelto insoportable, mezclado ahora con algo metálico, y la habitación entera pareció respirar a su alrededor, las paredes de flores enfermas expandiéndose y contrayéndose con un ritmo lento, orgánico, como si él estuviera, en realidad, dentro de algo vivo.

Lo último que recordaría con alguna claridad fue la voz de don Rigoberto, ya no desde el techo sino desde todas partes a la vez, desde dentro de sus propios oídos, repitiendo con una calma que resultaba mucho peor que cualquier grito:

—Once días. Ahora le toca a usted contar los suyos.


Lo encontraron al amanecer, acurrucado en el suelo del cuarto de suministros del segundo piso —un cuarto pequeño, sin ventanas, a apenas treinta metros de la sala de cirujanos donde había terminado su turno la noche anterior—, con la puerta cerrada por dentro con seguro, algo que ningún cuarto de suministros del hospital tenía instalado de fábrica y que nadie pudo explicar cómo había llegado hasta ahí.

El doctor Fernando Quirós no habló durante las primeras cuarenta y ocho horas. Cuando por fin lo hizo, fue solo para preguntar, con una voz que ya no sonaba del todo como la suya, si alguien más había visto la Sala 0, y para repetir, cada vez que alguien intentaba acercarse por su costado izquierdo, fuera de su vista directa, una sola frase, siempre en el mismo tono neutro y aterrador de quien ya no espera que le crean:

—Once días. Me está contando los días.

Sus colegas, con el cuidado profesional de quien ha visto colapsar a más de un compañero bajo el peso silencioso de la medicina, hablaron de un episodio disociativo agudo, de agotamiento extremo, de una crisis nerviosa como las que a veces les llegan, tarde o temprano, a los cirujanos que cargan durante demasiados años con la ilusión de que ellos sí pueden ganarle siempre a la muerte.

Nadie, sin embargo, logró encontrar jamás ningún registro, en los planos originales del hospital ni en ningún archivo de remodelación, de una sección con el nombre de Sala 0.

Y nadie, tampoco, se atrevió a preguntarle al doctor Quirós, ni siquiera meses después, cuando por fin volvió a hablar con algo de normalidad, cuántos días habían pasado ya desde aquella noche, ni por qué él, cada vez que alguien se lo preguntaba sin querer, empezaba de inmediato, en voz baja, casi sin darse cuenta, a contar.

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