como si el cielo mismo quisiera anunciarte,
pintando de promesas el último rayo de sol,
justo antes de que tu ausencia empezara a doler.
Te esperé en ese color que no dura,
en ese instante breve entre el día y la sombra,
pensando que tal vez, si el cielo insistía tanto,
tú también estarías pensando en mí.
Pero el púrpura se apaga, como se apagan las promesas,
y me rodeará la noche entre sus negras alas,
envolviéndome despacio, sin prisa, sin ruido,
como envuelve el olvido a lo que ya no vuelve.
No hay estrellas que valgan cuando falta tu nombre,
no hay luna que ilumine lo que tú te llevaste,
solo esta oscuridad que conoce mi historia,
y que me acuna, cómplice, mientras te sigo esperando.
Mis lágrimas caerán rondando hacia la nada,
sin rumbo fijo, sin puerto, sin orilla,
como caen las cosas que ya no tienen dueño,
como cae el amor cuando decide irse solo.
Porque el amor es principio y fin,
la primera luz y la última sombra,
el nombre que se aprende y el que se olvida,
el círculo que se cierra donde mismo empieza.
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