Traes en la boca una llave de sol,
y el día gira leve donde pasas.
Tu risa abre puertas que creí cerradas,
y el aire te sigue con manos alegres.
Hay un brillo fácil en tus pasos cortos,
como si el mundo fuera una canción.
Las piedras se vuelven poco problema,
y la lluvia aprende a ser sólo fiesta.
Te veo construir puentes de caramelos,
pequeñas torres de invencible risa.
Todo lo triste se vuelve cometa,
y hasta la sombra busca jugar contigo.
Guarda esa risa, hijo —tesoro claro—,
no dejes que el tiempo la vuelva temblor.
Que cuando el viento empuje sus preguntas,
ella te responda con la misma luz.
Si algún día dudas y aquieta tu canto,
recuerda cómo el día te aprendió:
que una risa es un árbol que se planta,
y quien la siembra tendrá siempre abrigo.
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