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El Arte de Soltar

Libro: El Arte de Soltar Un viaje del apego a lo esencial Prólogo Hay una pregunta que casi nadie se hace, y que sin embargo está en el fondo de casi todo lo que hacemos: ¿por qué nunca es suficiente? Compramos algo y queremos algo más. Logramos una meta y necesitamos otra. Nos rodeamos de personas, de objetos, de logros, de imágenes, y en el centro de todo eso queda un espacio que no termina de llenarse. No es un problema de tener poco. Es un problema de cómo nos relacionamos con lo que tenemos. Este libro no va a pedirte que renuncies a nada. No vas a tener que vender tus cosas, ni dejar tu trabajo, ni aislarte en una montaña. Tampoco va a pedirte que te afilies a una religión, ni que creas en algo que no sientes. Lo único que va a pedirte es algo más incómodo: que mires con honestidad la relación entre tú y todo eso que tienes, persigues y temes perder. Durante siglos, distintas tradiciones —la india, la china, la griega, la cristiana temprana— describieron con una precisión sorpren...

El Duende

El Duende En Guanacaste, hace ya muchas décadas, en una finca rodeada de árboles frondosos donde vivía la abuela de esta mujer que hoy cuenta la historia, los servicios sanitarios no estaban dentro de la casa, sino afuera, en una construcción de hueco bastante alejada, rodeada de monte y árboles grandes que por las tardes empezaban a mecerse con ese viento tibio y pesado tan típico de la región. Ella era apenas una niña entonces, quizás de unos ocho o nueve años, y esa tarde le agarraron ganas de ir al baño justo cuando el sol ya se estaba escondiendo detrás de los cerros, dejando ese color naranja quemado que anuncia la llegada de la noche guanacasteca. Les pidió a sus hermanos que la acompañaran, como era la costumbre entre los niños de la casa, porque nadie quería ir solo a esas horas hasta el fondo del patio. Pero esa vez, ninguno quiso moverse del corredor. Así que ella tuvo que ir sola, apurando el paso entre las sombras que ya se alargaban sobre la tierra. Hizo sus n...

La Mona

Corrían los años ochenta en un pueblo pequeño donde todos se conocían y las leyendas pasaban de boca en boca como si fueran noticias del día. En las afueras vivía doña Cristina, una anciana que desde que cualquiera podía recordar, cargaba fama de bruja. Vestía siempre de negro, de pies a cabeza, y la acompañaba a todas partes un gato tan oscuro que parecía tragarse la poca luz de las tardes. Su casa, sin embargo, guardaba una contradicción curiosa: las paredes estaban llenas de figuras de santos, veladoras encendidas día y noche, y estampitas religiosas pegadas hasta en la cocina. Nadie entendía bien si doña Cristina era bruja, santera, o las dos cosas a la vez, pero lo cierto es que la gente le tenía respeto y algo de miedo. Uno de los pocos que se atrevía a visitarla seguido era un muchacho llamado Alberto, de unos veinte años, curioso y de lengua suelta, que disfrutaba sentarse en el corredor de doña Cristina a escuchar sus historias mientras el gato negro los observaba ...

La Cara en la ventana

En los años ochenta, en Río Frío, uno de esos pueblos bananeros de Sarapiquí donde las plantaciones se tragaban el horizonte y las noches caían negras y espesas por la falta de luz eléctrica en muchas casas, vivía una familia dedicada al trabajo en las fincas, como casi todos por esa zona. La casa era de cemento, con ventanas de madera, con dos cuartos donde dormía su familia numerosa, te encima de la puerta principal, como era costumbre en muchas casas de la región, había una ventanita pequeña, más para ventilar que para ver, que daba directo aa la entrada de la casa. El hijo mayor, un muchacho de unos diecinueve años llamado Rigoberto, tenía fama de "andariego". Le encantaban los turnos —esos bailes improvisados que se armaban los fines de semana en cualquier salón o cancha techada de Río Frío, con equipo de sonido prestado y luces de colores hechizas—. Salía casi todos los sábados y volvía ya entrada la madrugada, cuando el gallo ni siquiera pensaba en cantar....

La Escoba al revés

La escoba al revés Esta es una historia que me contó mi madre. Ella tiene noventa años, y jura, con la misma seguridad con la que jura cualquier otra cosa de su vida, que todo lo que va a leer aquí ocurrió de verdad, hace ya casi ochenta años, en un rancho de Guanacaste, cuando ella era apenas una niña. Mi madre debía tener unos siete u ocho años cuando empezaron las noches malas en la casa de adobe donde vivía con su mamá —mi abuela— y mi bisabuela Martina, una mujer de esas que ya no se hacen: de manos curtidas de tanto trabajar la tierra, de voz firme, y de una fe que no le temblaba ni ante el más oscuro de los espantos. En el pueblo se decía que Martina no le tenía miedo a ningún espectro del infierno, y no era un decir: lo había demostrado más de una vez, según contaban los vecinos, aunque ninguna historia se les quedó tan grabada como la que voy a contar. Todo empezó de a poco, como empiezan siempre estas cosas. Ruidos en el techo de zinc que nadie sabía explicar. El ...

Sala 0

La sala 0 El doctor Fernando Quirós tenía cincuenta y cinco años y conocía el Hospital San Juan de Dios, como conocía las líneas de su propia mano. Treinta y un años de carrera, la mayoría de ellos entre esos mismos pasillos, le habían enseñado cada atajo, cada escalera que rechinaba, cada ala que se remodelaba cada cierta década sin que el edificio terminara nunca de perder su olor a hospital viejo: una mezcla de alcohol, cloro y algo más de fondo, algo orgánico y dulzón, que ningún desinfectante lograba borrar del todo. Por eso, cuando esa noche —después de una cirugía de emergencia que se extendió hasta las dos de la madrugada— tomó lo que estaba seguro era el pasillo hacia el ala de cirujanos, y ese pasillo lo llevó a un tramo que no reconocía, sintió, antes que miedo, una irritación profunda. Estaba cansado. Llevaba dieciséis horas de pie. Seguramente había girado donde no debía. Dio media vuelta para regresar por donde había venido. Pero el pasillo detrás de él ya no ...

Debajo de la cama

Debajo de la cama Cuando Valeria Chaves firmó el contrato de alquiler, la dueña del edificio —una señora mayor, de manos huesudas y un perfume anticuado a violetas— le dijo algo que en ese momento le pareció solo un comentario de cortesía: —Es un edificio viejo, mija. De antes de 1950. Aquí en Aranjuez casi todo lo es. Los pisos de madera a veces truenan de noche. No se asuste. Valeria no se asustó. Al contrario, eso era justo lo que había buscado al mudarse a ese barrio de casas centenarias y calles arboladas: algo con carácter, algo distinto a los apartamentos de vidrio y aluminio del resto de la ciudad. El suyo era el segundo piso de una casona dividida en tres apartamentos, con cielos altos, molduras de yeso descascaradas y un piso de madera que, en efecto, crujía con cada paso, como si la casa entera respirara bajo sus pies. Las primeras dos semanas fueron tranquilas. Los crujidos de la madera se volvieron parte del ruido de fondo, tan familiares como el tráfico distan...